La increíble trama del primer golpe de la guerrilla urbana en Argentina
La policía atribuyó el hecho a la banda del "Nene" Miloro. Este fue limpiado sin miramientos. Después cayeron los verdaderos autores, quienes incursionaban en la lucha armada. Fue el explosivo anticipo de los tiempos por venir.
Por: Tiempo Argentino
El asalto al Policlínico Bancario, perpetrado el 29 de agosto de 1963, nació como un episodio policial de gran impacto. Sin embargo, el velo que ocultaba su verdadera naturaleza empezó a descorrerse a principios de diciembre –hace exactamente medio siglo– en virtud de una circunstancia lejana y fortuita: el hallazgo en París de billetes robados en aquella ocasión, luego de que el dueño de un cabaret los cambiara en un banco por moneda francesa. Ello condujo en Buenos Aires hacia los autores del hecho, pese a que la pesquisa ya lo había dado por resuelto meses antes a raíz de un sangriento error. Desde entonces, lo ocurrido durante esa mañana de invierno en el barrio de Caballito pasaría a la historia como el primer golpe de la guerrilla urbana en Argentina. Un thriller del mundo real, cuyos actores –hampones, activistas políticos y un comisario célebre, junto con otros policías que más tarde integrarían el núcleo duro de la Triple A (ver recuadro)– anticipan el eco explosivo de los tiempos por venir.
LA ÚLTIMA AMBULANCIA. Aquel jueves, el comisario Evaristo Meneses roncaba. Hasta que un timbrazo se le coló en el sueño. Aún adormilado, se encaminó hacia la puerta. Tras ella estaba el inspector Marcial Pecoraro. Lucía nervioso, y resumió lo del asalto al Policlínico atropellando las palabras. Al mediodía, el legendario jefe de Robos y Hurtos llegó al escenario del hecho. Y asimiló con indiferencia los datos empíricos de lo sucedido: dos empleados muertos, varios heridos y un botín de 14 millones de pesos (100 mil dólares). A continuación, indagó a testigos, recorrió el lugar y empezó a sacar sus propias conclusiones.
Todo se había desencadenado a las 10:33, cuando una ambulancia Rambler con la sirena prendida llegó a toda velocidad al portón del Policlínico, frente a la Plaza Irlanda. "Traemos un paciente", informó el que manejaba. El guardia asomó la cabeza y vio sobre la camilla a un hombre pálido e inconsciente. Entonces, asentó la hora en un cuaderno. El vehículo, ya sin sirena, avanzó hasta un estacionamiento situado frente a los consultorios externos. También apareció una camioneta IKA que, tras desviarse hacia la izquierda, se detuvo a metros de la tesorería. Traía el dinero destinado al pago del personal.
Uno de sus ocupantes se bajó para abrir la parte trasera. Ahí había un agente de la Federal con tres sacas repletas de billetes. Lo acompañaba un cajero del banco. El policía descendió, extendiendo las bolsas hacia dos empleados del Policlínico. En ese instante estalló el infierno.
Primero se oyó un grito, seguido por el tableteo de una ametralladora: la ráfaga barrió a los dos empleados; ambos murieron de inmediato. El cajero fue herido en una pierna. Y el sargento cayó con un brazo destrozado. Fue cuando irrumpió una silueta para arrebatar el botín.
Mientras tanto, sobre la entrada, el guardia había escuchado los disparos. Y abandonó la garita para ver lo que pasaba. Pero una pistola se le incrustó en la garganta; la sostenía un hombre que había estado escondido entre los árboles. Recién dejó de apuntarle al ser levantado por la ambulancia, que ahora salía con el acelerador clavado a fondo. Un Valiant, que aguardaba en la esquina, también arrancó.
La ambulancia fue encontrada pocos minutos después, abandonada a pocas cuadras, con su legítimo usuario bajo los efectos de algún narcótico y atado sobre la camilla. No lejos apareció el Valiant.
Meneses supervisó en persona la recolección de huellas. Minutos después, obtuvo la numeración de los billetes robados. En su cerebro ya palpitaba una corazonada.
LA MUERTE DEL ARCÁNGEL. El comisario no advirtió ningún tinte político. En parte, porque en esos días se carecía de antecedentes sobre hechos con ese móvil. Además, todos los testigos oculares coincidían en un punto: el autor de los disparos había sido "un muchacho rubio". Meneses no dudó: el hombre de la ametralladora no podía ser otro que Félix Arcángel Miloro (a) "El Nene", un pistolero de "la pesada" que había comandado varios asaltos de envergadura. Tal hipótesis se vio robustecida por los dichos de Miguel "El Loco" Prieto, un informante del subcomisario Juan Ramón Morales, quien –junto con el subinspector Rodolfo Almirón y los suboficiales Jorge Riveros, Aldo Daumas y Edwin Farquarsohn– integraba la mesa chica de Meneses. A partir de ese día, "El Nene" se convirtió en el hombre más buscado de la Argentina.
"El Nene" era hijo de un obrero anarquista, tenía 27 años y había dado sus primeros pasos en el delito con el famoso Jorge Villarino. Luego formó su propia banda, junto a Salustiano Franco (a) "Salunga". En una ocasión ambos se le escurrieron a Meneses de las manos, tras un espectacular tiroteo que se prolongó de Barracas a Balvanera.
Tras el asalto al Policlínico, los hombres de Robos y Hurtos efectuaron una serie de procedimientos en Capital y el Gran Buenos Aires, pero sin ningún resultado. Lo cierto es que Miloro parecía tragado por la tierra. Hasta que un soplón batió un aguantadero en la provincia de Córdoba. El 10 de septiembre, unos 150 efectivos de la Federal rodearon una casa del barrio Sobremonte. Allí estaba Miloro con Franco y José Santorelli. Los acompañaba Ana Garbo, una amiga del trío. La voz aguardentosa de Meneses vociferó: "¡Entregate, Nene! ¡Estás rodeado!" La respuesta fue una lluvia de balas. Los disparos policiales convirtieron esa casa en algo parecido a un queso gruyere. Sin embargo, la resistencia duró hasta el amanecer y recién cesó cuando los pistoleros cayeron abatidos. La mujer fue más afortunada: una ráfaga sólo le arrancó la pierna izquierda.
Ese día, el jefe de la Federal, Carlos Muzio, brindó una conferencia de prensa para anunciar que el asalto al Policlínico había sido "totalmente esclarecido". A su lado, Meneses estaba exultante. Detrás de su corpulenta figura, el quinteto formado por Morales, Almirón Sena, Riveros, Daumas y Farquarsohn soportaba los lamparazos de las cámaras con miradas algo inquietantes.
LA ELECCIÓN DE LAS ARMAS. A fines de 1963 se empezó a sospechar que Miloro no había tenido que ver con ese golpe, cuando la policía francesa localizó en París un puñado de billetes cuya numeración coincidía con el dinero robado. Eso llevó a los investigadores hacia los hermanos Gustavo y Lorenzo Posse, quienes habían viajado a Francia para cambiar allí parte del botín en dólares. Ellos pertenecían a una familia tradicional y simpatizaban con el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT). Ambos fueron detenidos al regresar a Buenos Aires. Y no escatimaron información. Así fue como se llegó a un joven militante del MNRT llamado Luis Nell. En el momento de su arresto, los policías constataron con sumo azoro su increíble parecido con Miloro. Entonces comprendieron que "El Nene" había sido la tercera víctima fatal del asalto al Policlínico.
Meneses, que ya había pasado a retiro, se enteró de su equivocación leyendo el diario.
El accionar policial se lanzó entonces a la búsqueda de un tal José Luis Baxter (a) "Joe". Era el fundador del MNRT y había organizado ese golpe. Jamás darían con él, pero siete compañeros suyos fueron a parar tras las rejas.
El MNRT era una escisión progresista del grupo de ultraderecha Tacuara. En 1962, Baxter se había rebelado contra su jefatura nacional, encabezada por Alberto Ezcurra, para fundar su propia fracción. Esta renunciaba a la línea doctrinaria inspirada en el falangismo español y a la prédica antisemita, a la vez que rescataba a la clase trabajadora como eje político, recogiendo incluso algunas enseñanzas del leninismo.
Pero, con la ruptura, el grupo quedó huérfano de financiamiento y protección policial. Sus militantes, entonces, salieron a robar comercios y desarmar vigilantes. Hasta que se decidió lo del Policlínico.
En 1964, Baxter huyó del país. Estuvo en Cuba, Egipto y hasta como observador en la guerra de Vietnam. Regresó clandestinamente dos años después, ya vinculado con la guerrilla tupamara. Y terminó en el ERP. Una evolución política parecida experimentó Nell, que terminó siendo un cuadro de Montoneros.
Ambos murieron en 1973, curiosamente, no por la violencia política: Baxter en un avión de Air France que se desplomó cerca del aeropuerto de Orly, y Nell –quien había quedado paralítico por un balazo durante la masacre de Ezeiza– fue llevado por dos amigos a un viejo puente de San Isidro; allí le entregaron una pistola y se suicidó.
Por entonces, Morales y Almirón ya se habían convertido en los jefes operativos de la Triple A. Entre 1973 y 1975, esa organización de ultraderecha asesinó a unas 1500 personas. Evaristo Meneses, por su parte, murió senil en el Hospital Churruca a fines de 1992. «
Meneses y la patota de la triple a
Hay un episodio que lo pinta al comisario Evaristo Meneses por entero: su tenso entredicho con el Mono Paz, un ladrón de bancos detenido en 1962 por la patota de Robos y Hurtos. El tipo, en sus años mozos, había sido boxeador. Meneses también. Ambos llegaron a enfrentarse sobre el cuadrilátero. Ahora se volvían a encontrar. Y las palabras del pistolero fueron: “¿Sabe lo que pasa, jefe? Con chapa y matraca cualquiera es guapo”. Por respuesta, Meneses se volteó hacia un subordinado, y le dijo: “Despachalo. Dajalo ir”, no sin antes preguntarle al Mono si aún paraba en los mismos lugares. Dos días después lo fue a buscar para enfrentarlo sin armas ni credencial. A la hora, regresó con él. Los dos estaban magullados por igual; la diferencia era que Meneses sujetaba al otro por la nuca. Y así lo arrojó a un calabozo.
Por su parte, el subcomisario Juan Ramón Morales y Rodolfo Almirón Sena fueron precursores de un estilo policial aún hoy en boga, basado una compleja trama de pactos con el crimen organizado. Su especialidad era la prevención del delito; en otras palabras, esclarecían asaltos antes de que se cometieran. Y con una táctica infalible: primero recibían el dato de un posible hecho; luego se emboscaban para masacrar a los ladrones. Al respecto, cabe destacar que Morales y los suyos también fueron pioneros en el uso de soplones con fines de exterminio. Algunos de ellos, incluso, integraron de manera oficiosa el elenco estable de la brigada, y con autorización para asaltar contrabandistas. El grupo fue exonerado de la Policía Federal en 1965, aunque sin consecuencias judiciales por sus delitos, y en ello hubo motivo atendible: todos los testigos estaban bajo tierra. El 11 de octubre de 1973, un decreto presidencial los reincorporó a la fuerza. Alternarían entonces la custodia de José López Rega con sus tareas en la Triple A. Ambos murieron bajo arresto domiciliario en 2007, antes de ser juzgado por delitos de lesa humanidad.
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oTRO CAMPO DE CONCENTRACION EN UNA PROPIEDAD DE LA IGLESIA CATOLICA
Un Silencio atronador
Así como la Armada usó como campo de concentración la casa de descanso del arzobispo de Buenos Aires, “El Silencio”, el Ejército utilizó el predio del Seminario Salesiano Ceferino Namuncurá, de Funes, próximo a Rosario, para secuestrar y torturar al menos a tres personas, una de las cuales no reapareció. El lugar fue vendido un año después a la Fuerza Aérea, pero los salesianos conservaron vastas propiedades linderas. Allí pasó sus últimos años el ex provicario castrense Victorio Bonamín.
Por Horacio Verbitsky
La justicia federal de Rosario detectó otro campo clandestino de concentración que funcionó en una propiedad de la Iglesia Católica Apostólica Romana durante la última dictadura cívico-militar. Se trata del seminario de la Casa Obra Salesiana Ceferino Namuncurá, de la ciudad santafesina de Funes, donde fueron torturados al menos tres prisioneros del destacamento de Inteligencia 121, dependiente del Cuerpo de Ejército II, que habían sido privados en forma ilegal de su libertad. Así se desprende de documentos y de testimonios brindados en la causa conocida como “Guerrieri II”. Dos sacerdotes forman parte del expediente. Uno integraba el grupo de tareas que secuestraba en Rosario, y después de la dictadura siguió su carrera y fue distinguido por el Vaticano. El otro fue una de las víctimas de la tortura, se alejó de la Iglesia y reconoció el lugar de su cautiverio. También aparece mencionado un arzobispo, que estuvo al tanto de los hechos. Al menos uno de los detenidos que compartió el alojamiento y el martirio con el ex sacerdote, no reapareció luego de su paso por aquel establecimiento de la Iglesia y hasta hoy sigue siendo un detenido-desaparecido. En ningún otro país americano la Iglesia Católica estuvo tan imbricada con la represión dictatorial. El primer campo clandestino conocido que haya funcionado en una propiedad eclesiástica es la casa de fin de semana “El Silencio”, en las afueras de la Capital argentina (Ver “El primer caso”). El segundo fue detectado por el fiscal Gonzalo Stara, a cargo de la Unidad de Asistencia para causas por violaciones a los Derechos Humanos durante el terrorismo de Estado en Rosario, quien actúa ante el juez instructor Marcelo Bailaque y ante el tribunal oral de juicio integrado por los jueces Noemí Berros, Lilia Carnero y Roberto López Arango, que conducen el debate de un tramo de la causa. Esa utilización clandestina de los bienes eclesiásticos por la dictadura fue mencionada por el ex cura tercermundista Santiago Mac Guire ante la Conadep, pero no había sido investigada, porque en aquellos años la Justicia se limitaba a los altos jefes militares. El dato fue confirmado por Roberto Pistacchia, quien compartió el lugar de sometimiento con Mac Guire. Igual que en el caso de “El Silencio”, después de su uso para la represión esa parte del Ceferino Namuncurá fue vendida para borrar las huellas. “El Silencio” hoy está abandonado, pero el lugar donde funcionó el seminario salesiano fue vendido a la Fuerza Aérea en 1979, y desde entonces es sede del Liceo Aeronáutico Militar, instalado sobre la avenida que lleva el nombre del santo aborigen. Los salesianos conservan los terrenos linderos (Ver “Buenos vecinos”).
Por denuncia del obispo
Mac Guire integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que tuvo duros enfrentamientos con el arzobispo de Rosario, Guillermo Bolatti, reacio a las reformas dispuestas por el Concilio Vaticano II. Más adelante Mac Guire dejó los hábitos y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, lo casó con María Magdalena Carey, con quien tuvo cuatro hijos. En agosto de 1971, durante la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse, Mac Guire y tres sacerdotes a quienes Bolatti había purgado de sus parroquias fueron detenidos de madrugada en un violento operativo del servicio de Inteligencia del Ejército, que incluyó el secuestro de libros de Perón y Eva Perón y de una carta del ex presidente a uno de los curas. El abogado defensor de los sacerdotes dijo que las detenciones se produjeron por datos suministrados por las autoridades eclesiásticas. Un diario rosarino afirmó que curas tercermundistas y sindicalistas “habían realizado una reunión con fines subversivos”. Cuando el Movimiento lo querelló ante la justicia, el diario respondió que la información provenía del Arzobispado y de la SIDE. El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo acusó en forma directa a Bolatti. Los servicios de informaciones y el sector del Episcopado que integraba Bolatti no distinguían entre los sacerdotes tercermundistas, la Juventud Peronista y Montoneros. Muchos años después, la monumental investigación científica del ex salesiano José Pablo Martín estableció que de los 524 miembros de ese movimiento sacerdotal sólo entre 10 y 15 participaron por decisión individual en organizaciones guerrilleras, y entre 25 y 30 tuvieron contactos con las organizaciones armadas que actuaban en las mismas villas, barrios, universidades o estructuras políticas: no más de un 5 por ciento en total. Aquella dictadura concluyó en 1973, con la entrega del gobierno al presidente electo Héctor Cámpora, que puso en libertad a todos los presos políticos. Pero menos de tres años después, el 24 de marzo de 1976, un nuevo y sangriento golpe militar, con articulado apoyo civil, se apoderó otra vez del gobierno. El 18 de abril de 1978, el ex cura Mac Guire fue secuestrado una vez más en Rosario, cuando circulaba en bicicleta con un hijo. Recién recuperó su libertad en diciembre de 1983 al concluir la dictadura. En 1984 declaró ante la Comisión Presidencial Investigadora sobre la Desaparición de Personas (Conadep). Dijo que fue “puesto violentamente en el piso del auto, encapuchado y llevado fuera de la ciudad a un lugar desconocido que resultó ser el campo de concentración perteneciente a la localidad de Funes y conocido como ‘Ceferino Namuncurá’, que fue dado por sus anteriores poseedores, los salesianos”. Luego de doce días encapuchado en ese lugar, en el que lo sometieron a varios interrogatorios bajo torturas cada día, Mac Guire fue conducido al Batallón 121 de Rosario, donde lo esperaban el 2 Comandante del Cuerpo de Ejército II, general de división Luciano Adolfo Jáuregui, quien “disponía sobre la vida de desaparecidos definitivos y en tránsito” y su ex arzobispo Bolatti. En ese batallón, los suboficiales Gauna y Berra le confirmaron que había estado en el Ceferino Namuncurá. Esposado a una cama del batallón durante un mes y medio, Mac Guire fue sometido a una parodia de juicio en el Comando del Cuerpo II, en el que resultó condenado a 15 años de prisión.
El compañero monseñor
Durante su alojamiento en el Batallón también recibió la visita de un ex compañero en la arquidiócesis rosarina, Eugenio Zitelli, quien lo reemplazó en la parroquia obrera de Bajo Saladillo cuando Mac Guire y otros veintiocho sacerdotes exigieron a Bolatti que aplicara las reformas conciliares. Cuando volvieron a verse, Mac Guire era un ex sacerdote, estaba preso y había sido torturado, y Zitelli era el capellán de la jefatura de policía de Rosario, a cargo del comandante de Gendarmería Agustín Feced. “Yo tenía todo el cuerpo lastimado por efecto de la picana y él me preguntaba cómo estaba.” Zitelli admitió haberlo visitado, pero negó haber sabido de las torturas. En el subsuelo de la Jefatura, María Inés Luchetti de Be-ttanín le contó que las presas, de entre 16 y 60 años, eran torturadas con picana eléctrica y violadas, entre ellas su suegra. Zitelli la interrumpió:
–Que usen la picana se justifica porque estamos en guerra y es un método apto para obtener información. Pero la violación atenta contra la moral y los militares nos prometieron que eso no iba a pasar.
Lo mismo le contaron otras prisioneras, ante quienes explicó la necesidad de la tortura, pero se conmovió con las violaciones. Una vez enterado por Zitelli, el arzobispo Bolatti no hizo nada para modificar la situación, porque opinaba que de fracasar la dictadura “el heredero será el marxismo” y se impondrá “el placer sexual desorbitado” de una sociedad permisiva. La violación pasaba a ser así un imperativo de la seguridad nacional, apta para combatir hasta el pecado capital de la lujuria.
Al ex sacerdote Angel Presello, que también había sido su compañero en el seminario, Zitelli le dijo:
–Sin tortura, no hay información.
Ex detenidos cuentan que en 1977 Feced les anunció que festejarían con una comida el haber acabado con la subversión en Rosario. Les hizo pagar a los que quedaban con vida la cena de celebración, para la que un preso fue obligado a cocinar, el vino Nebiolo y el whisky. Entre los comensales, estaba el cura. En 1999, el sucesor de Bolatti en el Arzobispado, Eugenio Mirás, le entregó a Zitelli el título honorífico de monseñor conferido por el Vaticano. Centenares de habitantes de Casilda, donde oficiaba de párroco, lo repudiaron. Mirás les replicó que era un excelente sacerdote y que quien tuviera pruebas estaba en la obligación moral de llevarlas a la Justicia, cosa que las víctimas habían hecho en vano quince años antes. María Inés Luchetti de Bettanín le recomendó que consultara la causa Feced, donde constaba la denuncia. Zitelli dijo que pedía perdón por las acciones lesivas a la humanidad que hubieran cometido policías católicos, pero aclaró que Feced era agnóstico. Además negó que ese centro de detención hubiera sido clandestino y dijo que nunca supo de torturas, aunque entendía la represión debido a los atentados contra policías, y que cuando celebraba misa para las detenidas, lo recibían con gozo y alegría. Un ex suboficial de la policía le respondió que él lo había visto, junto a Feced, mientras torturaban con picana eléctrica a un detenido. El año pasado, el juez Marcelo Bailaque procesó a Zitelli junto con el ex dictador Jorge Videla y catorce militares y policías en la causa Feced, como “partícipe necesario de los delitos de privación ilegal de la libertad, agravada por mediar violencia y amenazas” en nueve casos y “coautor del delito de asociación ilícita”, pero consideró que no había mérito para procesarlo por tormentos y homicidio. Bailaque ordenó la cárcel efectiva para los demás acusados, pero permitió el alojamiento de Zitelli en una casa religiosa y luego dispuso que aguardara en libertad la apertura del juicio oral.
Enganchados
En la institución salesiana, Mac Guire compartió una minúscula habitación con otros dos secuestrados, Roberto Pistacchia y Eduardo Garat. El último nunca reapareció. Su esposa, Elsa María Lilia Martín, declaró en 1984 ante la Conadep que militares y policías conocidos le confirmaron que Garat estaba vivo en el Batallón 121 y que su detención se vinculaba con la proximidad del campeonato mundial de fútbol. Cuando el sargento Durán les confirmó que estaba allí, los familiares recurrieron a la Iglesia “pidiendo que intercedan por él y nos den información de su suerte. El padre García, de Rosario, nos informó que estaba vivo. Las otras personas de la Iglesia con que hablamos, nos pidieron tiempo para averiguar y hubo quienes se ofrecieron a rezar por él”. Garat fue detenido-desaparecido unos días antes que Mac Guire. Cuando el secuestro de Mac Guire fue convertido en detención, su mujer, María Magdalena Carey, pudo visitarlo y se comunicó con la esposa de Garat. Le dijo que habían estado en un centro clandestino en Funes y que luego de torturar al ex sacerdote le exigieron que firmara una especie de confesión, “o te hacemos boleta como a Garat que no quiso firmar”. Pistacchia fue secuestrado el mismo 18 de abril de 1978 que Mac Guire. El 1º de noviembre de este año hizo una primera declaración ante el fiscal Stara y esta semana lo amplió ante Bailaque. Dijo que fue secuestrado en la puerta de su casa e introducido en el baúl de un Ford Falcon, que lo condujo primero a la Jefatura de Policía de Rosario y, luego de algunas horas, a un lugar de la ciudad de Funes, donde permaneció más de un mes. Por las deplorables condiciones de detención, perdió casi 30 kilos. Como bienvenida y sin hacerle preguntas “empiezan las palizas, a tirarme agua fría y caliente”. También padeció la “aplicación de picana en el pie y simulacro de fusilamiento”. En ese lugar estuvo con Mac Guire y Garat, “quienes también fueron interrogados con tormentos”. Los tres compartían una minúscula habitación, pero eso no era un problema para sus captores, ya que colgaron a cada uno “de un gancho por medio de las esposas que tenían puestas”. Agregó que una vez fue llevado junto con Mac Guire a un patio, donde los mojaron con una manguera en pleno invierno y les dispararon como si los fueran a fusilar. Un par de días después de la llegada de Garat al lugar, escuchó a los secuestradores decir “se nos va”, y a partir de allí quedó solo con Mac Guire. Pocos días después aparecieron unos hombres de mejor nivel cultural que los torturadores, que Pistacchia piensa que eran militares. “Hay que trasladarlo al cura”, dijo uno de ellos. Pero se lo llevaron a él, que estaba encapuchado, hasta el Batallón 121. Lo curaron en la enfermería y lo esposaron a la cama. Hasta allí llegó una comitiva de militares y hombres de civil. La encabezaba el general Jáuregui, a quien acompañaba el Arzobispo.
–Hemos cumplido. Aquí tiene a Santiago Mac Guire –dijo Jáuregui.
–Este no es Mac Guire –replicó Bolatti.
Jáuregui ordenó que volvieran a Funes a buscar al ex sacerdote y que trasladaran a Pistacchia.
–Supongo que este señor queda acá –advirtió Bolatti.
Jáuregui asintió.
A Mac Guire lo trajeron a la rastra porque no podía caminar solo y lo ubicaron en otra cama junto a la de Pistaccchia. El ex cura saludó a Bolatti y ambos conversaron. Pistacchia y Mac Guire fueron trasladados al Comando del Cuerpo II, en Moreno y Córdoba, donde les anunciaron que les formarían un Consejo de Guerra. Los llamaban “enemigos de la Patria”, pero dejaron de torturarlos. Luego de una recorrida por las cárceles de Coronda, Sierra Chica, La Plata, Villa Devoto y Rawson, recuperaron la libertad al finalizar la dictadura. Pistacchia contó que en el primer lugar donde estuvo secuestrado se escuchaba el vuelo de aviones. Por el estado del piso y las paredes parecía un lugar en construcción. También se escuchaba el funcionamiento continuo de un generador eléctrico. Lo mismo le había dicho Mac Guire al diario Democracia, al quedar en libertad en diciembre de 1983. Agregó que al llegar al Batallón 121, el Sargento Gauna y el Cabo Primero Berra le contaron que el centro clandestino al que lo condujeron estaba en Funes. En la pieza donde estuvo había materiales de construcción. Era un lugar muy silencioso y de noche prendían un generador eléctrico. El fiscal Stara pidió al juez Bailaque el llamado a indagatoria por la privación de la libertad y los tormentos aplicados allí contra personal del Cuerpo de Ejército II y su destacamento de Inteligencia y contra el capellán Zitelli. La familia del ex sacerdote presentó querella y solicitó al Arzobispado que informe si los salesianos tienen o tuvieron un predio en la localidad de Funes. También se pidieron informes al registro de la propiedad y al Ministerio de Defensa. El miércoles y el jueves de esta semana, el fiscal Stara presentará su alegato ante el tribunal oral por la parte del proceso en curso.