Historia. Un pasado en común. Los dueños de La Nación,
Bartolomé Mitre, y Clarín, Ernestina Herrera de Noble, con el dictador Jorge
Videla.
Los editoriales de La Nación suelen ser piezas antológicas, retratos fieles
de una manera de ver el mundo y de constituirse en articuladores de un
pensamiento de derecha. Sus intervenciones cotidianas recorren casi todos los
puntos principales de la vida nacional y lo hacen sin eludir posicionamientos
directos y sin utilizar la práctica del eufemismo o del ocultamiento
travistiéndose, como suele hacer su socio y alter ego –Clarín– en el interior de
retóricas y de ropajes que apelan a su condición de “nacional y popular” cuando
no expresan otra cosa que sus propios intereses asociados, en general, con el de
las grandes corporaciones y el capital transnacional. Nada de eso. La Nación no
necesita sobreactuar ni maquillarse a la hora de hacerse cargo de su historia.
Ella está ahí asumiendo, desde su origen decimonónico, la esencia de su
identidad político-ideológica que lo ha llevado desde la exaltación de la
“república oligárquica” al apoyo franco y decidido de cuanto golpe de Estado
asoló estas geografías siempre en nombre de la defensa “de las libertades
públicas y de la virtud republicana amenazada por las diversas expresiones del
populismo y la subversión”. La Nación nunca ocultó su pertenencia, sus lealtades
y sus odios viscerales. Sus editoriales (acompañados casi siempre por las plumas
de sus principales escribas caracterizados con la incondicional e impúdica
definición de “periodistas independientes”) se han detenido con énfasis a
reivindicar esa larga línea que viene de lejos y que siempre lo ha colocado en
el bando de los poderosos, un bando que ha sabido nutrirse de sus reflexiones y
de sus exigencias sabiendo, como siempre lo supo el poder económico, que para
desplegarse en el tiempo es absolutamente indispensable tener un amplio dominio
de los medios de comunicación y, sobre todo, de la “opinión pública”.
Como sostiene Marilena Chauí, filósofa brasileña y aguda analista de la
actualidad política latinoamericana, lo que nunca dicen los grandes grupos
mediáticos es que “ellos son la opinión pública”. La difuminación de la frontera
entre La Nación y sus lectores, el proceso de identificación imprescindible,
constituye un logro, no menor ni subestimable, en la configuración de una
empresa comunicacional cuya razón de existir conlleva la combinación de negocio
e ideología. Clarín se ha movido, ya lo veremos, por otros andariveles; ha
buscado nutrirse más que de sofisticadas tradiciones políticas o culturales, de
esas que el diario mitrista siempre ha encontrado en los padres fundadores de la
república conservadora, de la construcción de una suerte de empatía entre el
diario y sus lectores. No es poca cosa erigirse en el representante del “sentido
común” argentino. De ahí, también, las dificultades de enfrentarse con una
máquina periodística tan enlazada con nuestra cotidianidad. Romper las inercias
de larga duración, quebrarle el espinazo a lo archiconocido y a los rituales de
todos los días es, tal vez, lo más difícil en los tiempos atravesados por la
necesidad de cambios radicales.
La Nación atrae a una cierta clase media con aspiraciones miméticas que
la llevan al deseo de parecerse a las clases altas que le han dado, a la más que
centenaria tribuna de opinión, su alcurnia y su genealogía aristocrática
dominada por el imaginario petulante de las “buenas familias patricias”. Leer La
Nación sentado a una mesa de café en Barrio Norte es lo más parecido a esa
pertenencia tan deseada y añorada que nos remite a la verdadera patria. Clarín,
en cambio, le recuerda a su lector que él es fiel al mundo plebeyo de los recién
llegados, los más viejos, los comerciantes, los empleados y los afincados en
barrios de antigua prosapia clasemediera como Caballito, Flores o Almagro. En
nuestra historia algunas veces los lectores de ambos diarios se encuentran en la
misma vereda. Lo que no saben los lectores de Clarín es que cuando eso ocurre
bajo el imperio de la hegemonía de los cultores de la ideología
liberal-conservadora, quienes acaban pagando el precio son los sectores
populares y, muchas veces, las propias clases medias.
La Nación ha sido, y lo sigue siendo sin desmayos, el ámbito más
refinado, cuando de medios se trata, que la derecha argentina ha encontrado para
reproducir “opinión pública” en la perspectiva de la matriz ideológica
indispensable que necesita el poder para sostener su dominación. Clarín, menos
“ideologizado”, se ha ocupado de otro núcleo fundamental de la vida social: “el
sentido común”, ese ámbito en el que se reproducen las formas de la conciencia y
se definen los prejuicios que le dan forma a una sociedad. La Nación es “tribuna
de doctrina”, maquina-ideológica que nunca ha eludido poner en evidencia su
genealogía liberal-conservadora (a veces más liberal, bajo la forma del laicismo
positivista de una parte de la generación del 80 y de la impronta de su fundador
–Bartolomé Mitre– y, últimamente, más conservadora católica bajo la influencia
del Opus Dei, sin que entre ambas haya habido jamás contradicción ni diferencia
a la hora de posicionarse contra los intentos de ampliar la democracia y la
distribución de la riqueza. Ante la defensa cerrada del golpismo y de sus
metamorfosis ambas tendencias se han correspondido sin solución de continuidad
siempre bajo la lógica de la defensa de los “intereses de la república”. La
Nación ha sabido expresar, sin fisuras, la trágica asociación que se dio, a lo
largo de nuestra historia, entre liberalismo, república oligárquica –hasta 1916–
y complicidad golpista –con sus matices– desde el ’30 en adelante. Nunca dejó de
ahorrar diatribas contra los intentos democráticos populares por revertir el
sesgo de la dominación). Lo que también puso de manifiesto la historia del
liberalismo en nuestro país ha sido la reducción del concepto de “libertad” a su
dimensión patrimonialista, siendo La Nación su defensor a ultranza. En las
manifestaciones de septiembre y noviembre, cuando amplios sectores de clase
media salieron a cacerolear contra el Gobierno, lo que también se puso en juego
fue, precisamente, los alcances y los límites de ese concepto que guarda en su
interior significaciones muy distintas y con alcances bien diferenciados. Pero
lo cierto es que les cupo un más que significativo papel a ambos periódicos
opositores en la captura del imaginario que proyectado desde la mirada de una
franja muy grande de la clase media la condujo a reivindicar la falta de
libertad y el autoritarismo del Gobierno. Con prolijidad, los ideólogos de la
derecha se han dedicado a establecer un vínculo indisoluble entre liberalismo y
democracia contraponiéndolo al establecido entre demagogia populista y
autoritarismo. La tarea de un pensamiento crítico y emancipador es la de romper
ese ilusionismo y esa falsa genealogía sin dejar en el costado una categoría tan
cara a la vida social como lo es la libertad. Dejársela a la derecha y a sus
órganos mediáticos constituye un grave error.
Clarín, más autorreferencial a la hora de defender sus intereses, ha
funcionado de una manera más cruda y elemental moviéndose en una zona de
ambigüedades y penumbras que le ha permitido, a lo largo del tiempo, ofrecerse
como el más genuino exponente de ese “sentido común” argentino siempre capaz de
borrar las huellas de sus complicidades y de sus responsabilidades mostrándose,
bajo la máscara de la pureza y la ingenuidad, como el reservorio de un cierto
“ser nacional” que ha sabido perdurar en el tiempo eludiendo las calificaciones
ideológicas (la única que le cupo durante sus primeras décadas era aquella de
“desarrollista” mientras estuvo bajo la influencia de Rogelio Frigerio). Hace
tiempo que Magnetto y sus socios se han desprendido de esas extravagancias
anacrónicas para elegir el camino del más absoluto pragmatismo a la hora de
sostener y defender sus intereses corporativos. De todos modos, la estrategia
del diario fundado por Roberto Noble ha sido confundir su historia y sus
objetivos con los del sentir arquetípico del argentino medio. Por eso resulta
más fácil describir la matriz ideológica que subyace a la empresa de los Mitre,
arraigada profunda y decisivamente en los sectores tradicionalistas y
reaccionarios y fiel reflejo de las clases altas, que las laberínticas piruetas
de Clarín capaces de camuflarse y de utilizar los recursos simbólicos del campo
popular.
La Nación hace las veces de “viejo rico” o de aristócrata en
decadencia, de aquel que mira con cierto desgano y rechazo a su socio
advenedizo, a ese “nuevo rico” –Clarín– que no puede ocultar su inclinación
lujuriosa por la riqueza y el poder. La Nación, mientras pudo, intentó ser más
elegante y menos economicista. Su sofisticación se acabó, sin embargo, a la hora
de lanzar toda su artillería contra quienes, a lo largo de la historia nacional,
intentaron cuestionar el poder de la oligarquía (y de sus metamorfosis –cuando
la antigua denominación perdió refinamiento académico y obligó a buscar nuevos
nombres– que siguieron sosteniendo su derecho “divino” a ejercer su hegemonía
sobre las multitudes advenedizas). Clarín simplemente se dedicó a mostrar,
cuando ya no le quedó otra alternativa, su rostro verdadero: esa indeclinable
búsqueda del poder y de los privilegios que emanan de él bajo la forma de un
capitalismo salvaje capaz de depredar hasta sus normas más elementales a la hora
de defender el bruto interés económico (su astucia fue, en los noventa,
aprovechar la discrecionalidad neoliberal, esa que le permitió concentrar medios
y privilegios, al mismo tiempo que “criticaba” el lado frívolo del menemismo y
condicionaba la vida democrática desde el poder de fuego de sus tapas
incendiarias). La Nación, bajo la forma de la falsedad de un seudo virtuosismo
republicano, quiso seguir funcionando como el custodio ideológico-cultural de
una clase social cada vez menos refinada y cada vez más salvaje en sus
aspiraciones rentabilísticas. Una nostalgia apolillada por aquella generación
del 80, todavía preocupada por echar las bases de un país endeble e inestable y
por destacar sus merecimientos civilizatorios, que lo lleva, al diario del viejo
Mitre, a propinarnos editoriales inundados de un republicanismo lacrimógeno y,
claro, profundamente viciado y mentiroso. Un republicanismo que no va más allá
de la defensa de los intereses de las corporaciones económicas y que desearía
también extenderse a la reivindicación y el salvataje de los golpistas de
antaño. Cada vez que se le presenta la ocasión regresa sobre la “injusticia” que
pesa sobre Videla y sus secuaces (claro que lo hace bajo el “desvío” de la
historia completa y de la reconciliación de la que tanto suele hablar la Iglesia
Católica). Pero también un seudo republicanismo que no duda en ponerse del lado
de los fondos buitre y de un ignominioso fallo de un juez neoyorquino a la hora
de mostrar qué intereses defiende. Para sus editorialistas lo que siempre debe
prevalecer es, incluso contra los intereses nacionales, el sacrosanto derecho de
propiedad. Ciego de ira ante las decisiones de un gobierno antagónico a sus
ideologemas no duda en ponerse del lado de quienes, si lograsen imponer sus
condiciones, llevarían al país a la quiebra. Antes que el derecho de las
mayorías a vivir una vida digna y a escapar de la trampa del endeudamiento, lo
que le importa es el sostenimiento del privilegio de unos pocos especuladores
(sean esos pocos argentinos o extranjeros). Sin fisuras y sin equívocos, el
diario de los Mitre ha defendido siempre a los poderosos. Su ideario se confunde
con el largo camino que va de la república oligárquica a la patria financiera
pasando, cuando fue necesario, por el apoyo a las distintas dictaduras.
Clarín intentó, durante décadas, sustraerse a esa identificación
inmediata y elocuente allí, incluso, cuando en sociedad con La Nación se quedó
con “la libertad de expresión” al recibir, con inmenso beneplácito, el “regalo”
que la dictadura videlista les hizo cuando le arrancó Papel Prensa a la familia
Graiver y se la entregó graciosamente a Bartolomé Mitre y a Ernestina Herrera de
Noble. Hoy, cuando tantas cosas están en disputa y tantas otras han quedado
expuestas a la luz pública, las dos máquinas-mediáticas funcionan
entrelazadamente, como también lo hicieron en esos años de horror y muerte que
cayeron bajo el eufemismo de “los años de plomo” como los bautizó
metafóricamente Joaquín Morales Sola –columnista editorialista de Clarín durante
la dictadura– y, ahora, columnista estrella de La Nación y, como para no perder
las viejas lealtades, periodista con programa propio en TN –y auspiciado por
anunciadores de aquellos a los que, como nos enseñó Bernardo Neustadt, decano
del periodismo independiente, “les interesa el país”–. Su nombre representa, sin
dudas, la profunda alquimia de estos dos medios que han sabido disciplinar la
vida política argentina hasta el día que se encontraron con un extraño
matrimonio venido del sur patagónico que, para sorpresa de los dueños del poder,
comenzaron a cuestionar las hegemonías tradicionales y a romper el abrazo de oso
de la corporación mediática.