“La pampa y las vacas para todos”
Publicado el 6 de Septiembre de 2011Por
Si la ley de tierras marca un quiebre al proceso de desnacionalización de nuestro suelo y sienta las bases para su eliminación, el PEAA comienza a nacionalizar las ventajas comparativas y competitivas del país.
Con la Ley de Medios, con la puesta en marcha del Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial (PEAA), y en breve con la ley de tierras, no sólo se profundiza el modelo vigente desde 2003 sino que el programa histórico de una Argentina soberana, popular, nacional y democrática ingresa en una clara etapa superadora. Soberanía cultural, soberanía alimentaria y soberanía de la tierra disponen ya de su propia plataforma, marco regulatorio y marco de aplicación. Pero el PEAA, cuyos primeros resultados y sus alcances fueran además anunciados recientemente por la presidenta de la Nación, trasciende la cuestión meramente alimentaria para centrarse en la médula de la cuestión nacional (mucho más aun cuando se lo combina con la ley de tierras). En efecto, desde la derrota del Plan de Operaciones de Moreno y Belgrano, en 1811, los pilares para la subsistencia y la construcción de un poderío casi omnímodo por parte de las clases socio-productivas vinculadas a una Argentina semicolonial han pasado por la concentración, el latifundismo, la desregulación de la tierra y la producción, la apropiación de los recursos y la renta diferencial devenida del sector agrario. Si la ley de tierras marca un quiebre al proceso de desnacionalización de nuestro suelo y sienta las bases para su eliminación, el PEAA comienza a nacionalizar las ventajas comparativas y competitivas del país. Y lo hace no para hacernos más dependientes de la producción y la exportación de productos primarios, sino para colocarlos a disposición de las grandes mayorías, a la vez que potenciándolas de tal suerte de dar un salto cualitativo y cuantitativo en la renta estratégica que hace a nuestra acumulación primigenia y genuina de capital. Asimismo, el PEAA constituye un notable acto de justicia al avanzar en la recuperación de “la pampa y las vacas para todos”, divisa histórica del gauchaje. Claro que no lo hace para volver a un estadio primitivo de nuestra ruralidad, sino todo lo contrario, para modernizarlo y socializarlo. El PEAA es pues, un acto de justicia histórico, desde que iguales objetivos se propusieron los revolucionarios de Mayo otrora vencidos por el librecambismo y el dominio de los grandes estancieros vinculados al mercado externo y enemigos del desarrollo interno. Dos décadas más tarde de derrotado el Plan de Operaciones, los resultados saltaban a la vista en aquella pauperizada Argentina: Darwin preguntaba a dos hombres de Mercedes por qué no trabajaban. Uno respondió “que los días eran demasiado largos” y el otro “que era demasiado pobre” (Charles Darwin. Diario de viaje de un naturalista). La orientación oligárquica de la explotación ganadera había triunfado. Así sintetizó la realidad del gaucho el historiador Juan Álvarez: “Trabajar algunos meses en el saladero y comprar la carne que se pudiese, al precio pagado por los consumidores del extranjero.” (Las Guerras Civiles Argentinas). La causa de este entuerto provenía de un decreto dictado por el gobierno de Buenos Aires en 1812, decreto que declaraba libre de derechos la exportación de carnes, a la vez que fijaba un impuesto del 20% a la que se consumiese en el mercado interno. Frente al lema “la pampa y las vacas para todos”, dice Álvarez, se alzó el derecho de la propiedad individual. La historia prosigue con el decreto sobre la “vagancia” de 1815, decreto mediante el cual todo individuo de la campaña que no fuese propietario sería considerado sirviente y quedaba obligado a reconocer un patrón. A propósito, Jorge Abelardo Ramos explica que ese mismo patrón era el responsable de otorgarle “una ‘papeleta’, a ser visada cada tres meses, bajo pena de ser considerado ‘vago’. Se consideraba ‘vagancia’ transitar el territorio sin permiso del juez de paz. Como es lógico suponer, dicho juez era un agente de los ganaderos.” (Revolución y Contrarrevolución en la Argentina). En fin, librecambismo, desplazamiento de cultivos por la ganadería, labradores empobrecidos, destrucción de las industrias territoriales y apropiación de las mejores tierras y de la riqueza aduanera por parte de una oligarquía comercial y ganadera. Aquí el “campo” a imagen y semejanza del neoliberalismo; aquí el “campo” que, genocidio mitrista mediante, se fue erigiendo en el gran proveedor de alimentos y materias primas de las naciones industrializadas, mientras desindustrializaba y sumía en el hambre y la miseria al pueblo argentino. Aquí el “campo” que Juan Perón pudo modificar parcialmente y que retornó triunfante después del ’55. Aquí el “campo” que representa la Mesa de Enlace y al que tanto anhela volver. Aquí el “campo”, que a pesar del tiempo transcurrido sigue obstaculizando la construcción de un universo rural verdaderamente productivo, industrial y democrático. A este histórico y poderoso “campo” es al que a través del PEAA –al igual que la ley de tierras una vez aprobada, las retenciones a las exportaciones y el Fondo Federal Solidario– se le vienen minando sus pilares desde sus mismísimos cimientos. Sobre este mismo “campo” habrá que seguir avanzando, sin pausa pero con suma inteligencia, para que el triunfo de las fuerzas nacionales esta vez se torne definitivo.<
Si la ley de tierras marca un quiebre al proceso de desnacionalización de nuestro suelo y sienta las bases para su eliminación, el PEAA comienza a nacionalizar las ventajas comparativas y competitivas del país.
Con la Ley de Medios, con la puesta en marcha del Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial (PEAA), y en breve con la ley de tierras, no sólo se profundiza el modelo vigente desde 2003 sino que el programa histórico de una Argentina soberana, popular, nacional y democrática ingresa en una clara etapa superadora. Soberanía cultural, soberanía alimentaria y soberanía de la tierra disponen ya de su propia plataforma, marco regulatorio y marco de aplicación. Pero el PEAA, cuyos primeros resultados y sus alcances fueran además anunciados recientemente por la presidenta de la Nación, trasciende la cuestión meramente alimentaria para centrarse en la médula de la cuestión nacional (mucho más aun cuando se lo combina con la ley de tierras). En efecto, desde la derrota del Plan de Operaciones de Moreno y Belgrano, en 1811, los pilares para la subsistencia y la construcción de un poderío casi omnímodo por parte de las clases socio-productivas vinculadas a una Argentina semicolonial han pasado por la concentración, el latifundismo, la desregulación de la tierra y la producción, la apropiación de los recursos y la renta diferencial devenida del sector agrario. Si la ley de tierras marca un quiebre al proceso de desnacionalización de nuestro suelo y sienta las bases para su eliminación, el PEAA comienza a nacionalizar las ventajas comparativas y competitivas del país. Y lo hace no para hacernos más dependientes de la producción y la exportación de productos primarios, sino para colocarlos a disposición de las grandes mayorías, a la vez que potenciándolas de tal suerte de dar un salto cualitativo y cuantitativo en la renta estratégica que hace a nuestra acumulación primigenia y genuina de capital. Asimismo, el PEAA constituye un notable acto de justicia al avanzar en la recuperación de “la pampa y las vacas para todos”, divisa histórica del gauchaje. Claro que no lo hace para volver a un estadio primitivo de nuestra ruralidad, sino todo lo contrario, para modernizarlo y socializarlo. El PEAA es pues, un acto de justicia histórico, desde que iguales objetivos se propusieron los revolucionarios de Mayo otrora vencidos por el librecambismo y el dominio de los grandes estancieros vinculados al mercado externo y enemigos del desarrollo interno. Dos décadas más tarde de derrotado el Plan de Operaciones, los resultados saltaban a la vista en aquella pauperizada Argentina: Darwin preguntaba a dos hombres de Mercedes por qué no trabajaban. Uno respondió “que los días eran demasiado largos” y el otro “que era demasiado pobre” (Charles Darwin. Diario de viaje de un naturalista). La orientación oligárquica de la explotación ganadera había triunfado. Así sintetizó la realidad del gaucho el historiador Juan Álvarez: “Trabajar algunos meses en el saladero y comprar la carne que se pudiese, al precio pagado por los consumidores del extranjero.” (Las Guerras Civiles Argentinas). La causa de este entuerto provenía de un decreto dictado por el gobierno de Buenos Aires en 1812, decreto que declaraba libre de derechos la exportación de carnes, a la vez que fijaba un impuesto del 20% a la que se consumiese en el mercado interno. Frente al lema “la pampa y las vacas para todos”, dice Álvarez, se alzó el derecho de la propiedad individual. La historia prosigue con el decreto sobre la “vagancia” de 1815, decreto mediante el cual todo individuo de la campaña que no fuese propietario sería considerado sirviente y quedaba obligado a reconocer un patrón. A propósito, Jorge Abelardo Ramos explica que ese mismo patrón era el responsable de otorgarle “una ‘papeleta’, a ser visada cada tres meses, bajo pena de ser considerado ‘vago’. Se consideraba ‘vagancia’ transitar el territorio sin permiso del juez de paz. Como es lógico suponer, dicho juez era un agente de los ganaderos.” (Revolución y Contrarrevolución en la Argentina). En fin, librecambismo, desplazamiento de cultivos por la ganadería, labradores empobrecidos, destrucción de las industrias territoriales y apropiación de las mejores tierras y de la riqueza aduanera por parte de una oligarquía comercial y ganadera. Aquí el “campo” a imagen y semejanza del neoliberalismo; aquí el “campo” que, genocidio mitrista mediante, se fue erigiendo en el gran proveedor de alimentos y materias primas de las naciones industrializadas, mientras desindustrializaba y sumía en el hambre y la miseria al pueblo argentino. Aquí el “campo” que Juan Perón pudo modificar parcialmente y que retornó triunfante después del ’55. Aquí el “campo” que representa la Mesa de Enlace y al que tanto anhela volver. Aquí el “campo”, que a pesar del tiempo transcurrido sigue obstaculizando la construcción de un universo rural verdaderamente productivo, industrial y democrático. A este histórico y poderoso “campo” es al que a través del PEAA –al igual que la ley de tierras una vez aprobada, las retenciones a las exportaciones y el Fondo Federal Solidario– se le vienen minando sus pilares desde sus mismísimos cimientos. Sobre este mismo “campo” habrá que seguir avanzando, sin pausa pero con suma inteligencia, para que el triunfo de las fuerzas nacionales esta vez se torne definitivo.<
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