domingo, 30 de diciembre de 2012

alaniz el docente golpeador nos sigue sorprendiendo

Vidas paralelas: Isabel y Cristina



estelita.jpg
Rogelio Alaniz
Isabel y Cristina. Las diferencias parecen ser tan evidentes que no dejan ningún lugar a la consideración de las semejanzas, pero no bien trascendemos el lugar de las obviedades, las coincidencias empiezan a ocupar su lugar y entonces es posible pensar en vidas paralelas, vidas paralelas que pueden construirse porque existe una tensión interesante entre lo que hay de común y lo que hay de diferente.
Al tema, Plutarco lo tenía claro. ‘Vidas paralelas‘ no quiere decir que los personajes sean iguales. Como le gustaba observar al profesor Luis Muñoz, las paralelas son dos líneas trazadas una al lado de la otra, líneas que nunca se tocan, ni siquiera se rozan, pero sin embargo marchan juntas. Las semejanzas en este caso provienen de un mismo tiempo histórico, de una misma identidad política. Plutarco no desconoce las diferencias entre Alejando y César, pero se detiene en algunos detalles aparentemente menores para encontrar allí algunas coincidencias interesantes. ‘A veces una anécdota, un momento insignificante nos pintan mejor a un hombre ilustre que las mejores proezas o las batallas más sangrientas‘, escribe el historiador griego del siglo I.
¿Y esto qué tiene que ver con Isabel y Cristina? Alguien podrá decir que los personajes de Plutarco son trágicos y heroicos, mientras que en nuestro caso, los personajes están más cerca de la caricatura y el grotesco, del melodrama y el sainete. Puede ser. Plutarco fue el autor indicado para hablar de Alejandro y César; en tanto que los autores aconsejables para Isabel y Cristina podrían ser Manuel Puig o, por qué no, Abel Santa Cruz y Alberto Migré.
Por lo pronto, entre Isabel y Cristina hay coincidencias históricas y políticas que no deben desatenderse. En principio estamos hablando de las dos presidentes mujeres de nuestra historia. Las dos, además, peronistas; ambas han estado casadas con presidentes: una con Perón, la otra con Kirchner; las dos accedieron al sillón de Rivadavia gracias a las relaciones con sus maridos; a las dos se les murieron sus esposos y debieron afrontar la responsabilidad del poder sin el apoyo de quienes habían sido sus maestros; ambas están marcadas por los acontecimientos de los años setenta sin tener nada que ver con ellos: Isabel los padeció, Cristina los usufructúa; las dos pertenecen a esa tradición cortesana del peronismo, donde las esposas acceden al poder gracias al vínculo marital.
Después están las diferencias. Isabel lo sucedió a Perón porque era la vicepresidente puesta a dedo por el jefe. Cristina fue candidata en el 2011 porque había muerto su marido. Isabel se legitimó en las elecciones de septiembre de 1973, mientras que Cristina se legitimó dos veces: en 2007 y en 2011, razón por la que sus credenciales políticas son mucho más consistentes.
En los datos biográficos, las diferencias son obvias. Isabel es la hija de un gerente de banco; Cristina, según sus propias palabras, de un colectivero. Las dos pertenecen al mundo popular: una, es una Martínez; la otra, una Fernández De Isabel no se sabe si concluyó los estudios secundarios, y su principal antecedente al momento de conocerlo a Perón era su desempeño como bailarina de locales nocturnos regenteados por rufianes cubanos. En cambio, Cristina es abogada y su cultura política es superior a la de la esposa de Perón. Ninguna ha sido indiferente al tintineo de las monedas, pero Isabel es mucho más recatada y austera. Y los números de su fortuna, más modestos y transparentes.
Así y todo, Isabel nunca pudo explicar el escándalo de la llamada Cruzada de Solidaridad Justicialista, del mismo modo que Cristina tuvo que recurrir a Oyarbide para eludir la causa por enriquecimiento ilícito. Isabel jamás aclaró sus litigios con las hermanas de Evita, mientras que Cristina nunca pudo dar explicaciones satisfactorias por los dineros de la provincia de Santa Cruz que, a juzgar por los hechos, parecieran haberse evaporado en el aire.
Las dos se presentan ante la historia como abanderadas de las causas de sus maridos. Cristina invoca un pasado militante de dudosa verificación, mientras que Isabel prefiere hacer silencio. Así y todo, en 1965 Isabel vino a la Argentina a resolver una complicada interna política del peronismo y se desempeñó con singular eficacia, salvo que alguien crea que torcerle el brazo al “Lobo” Vandor haya sido una tarea sencilla. Aquel viaje provocó otra consecuencia significativa para el peronismo: en esa ocasión Isabel conoció a López Rega.
Isabel no fue una estadista, claro está, pero tampoco lo es Cristina. Ambas han sido prisioneras de sus coyunturas históricas y ambas han tenido serias dificultades para mirar más lejos que la gruesa línea del horizonte inmediato. A Isabel le tocó desempeñarse en los trágicos años setenta, mientras que el tiempo de Cristina son los acongojados años del siglo XXI. Cristina se queja de las maniobras destituyentes que traman sus enemigos, pero a Isabel le tocó enfrentar en términos prácticos el asedio de la guerrilla y la conspiración de los militares.
Isabel dilapidó en poco tiempo el capital político que le dejó su marido. Convengamos que esta señora debió gobernar en el período histórico más turbulento de nuestra historia y que en esas condiciones nadie, ni siquiera Perón, hubiera podido salir bien parado de la crisis.
Cristina también está dilapidando el capital político que le dejó su marido. Y en esa singular condición de esposas despilfarradoras también se parecen. Ambas confunden decisión con capricho, ambas se encierran en ‘microclimas‘ donde los motivos que provocan las decisiones se parecen más a misterios impenetrables que a iniciativas racionales.
Ambas han generado adhesiones, pero también fuertes rechazos, a menudo tan intensos que adquieren el estado de una sensación física.
En tiempos de Isabel comenzó a hablarse de su salud psíquica y su equilibrio emocional. Los movimientos de sus manos, la gestualidad, los rictus tensos de sus labios, las miradas algo extraviadas, las pulsiones histéricas, justificaban aquellas aprensiones. Algo parecido está ocurriendo ahora con Cristina.
La estética del poder también muestra coincidencias. Las dos se presentan como viudas. Lucen ropas de color negro y permanentemente invocan la memoria de sus esposos. Con las diferencias del caso, ninguna de las dos cree en las virtudes de la democracia. Su concepción del poder es cesarista y premoderna. Isabel aseguraba que era presidente por designio inescrutable de Dios. Cristina, por designios inescrutables de Él. Una es más joven, la otra, mas vieja; una es más linda, la otra más fea; una es más moderna, la otra mas tradicional; una nació en La Rioja, la otra en La Plata, pero la concepción del poder es similar.
A las dos les gusta rodearse de incondicionales que le demuestren diariamente su afecto.
Ambas son devotas de ciertos rituales, y de manera conciente o inconciente intentan convencer a la sociedad de que están en comunicación con fuerzas que provienen del más allá. Aman el poder y sus privilegios, pero Isabel demostró que es capaz de renunciar, mientras que en Cristina esa virtud hasta el momento está ausente.
En los años ochenta, mayoritariamente el peronismo reclamaba la conducción de Isabel. Para sus rituales mágicos, Isabel era Perón y a través de ella ‘Perón gobernaba desde el cielo‘. Durante meses los principales dirigentes peronistas de entonces peregrinaron a Madrid con sus ofrendas. No eran exquisitas, pero pretendían ser efectivas. En la puerta de su casa madrileña quedaron como testimonios amorosos, tarros de dulce de leche, algún ponchito de vicuña, un retrato de Evita, un cachorro caniche. Todos le pedían que volviera, que asumiera su responsabilidad. Tuvo la grandeza de decir ‘no‘, a pesar de las insistencias de los peronistas.
Mientras tanto, en la lejana Patagonia, en Río Gallegos para ser más preciso, una agrupación justicialista insistía con la candidatura de Isabel. La conducción femenina de la agrupación estaba a cargo de Cristina. También en ese punto, ahora lejano pero real, la presidente peronista y la futura presidente peronista vuelven a coincidir.
La identidad política de Isabel es de derecha. Fue la herencia que nos dejó Perón. Sus aliados fueron López Rega, las Tres A, Rodrigo y las bandas fascistas de turno. La identidad de Cristina pretende constituirse desde el progresismo. Reivindica los años setenta, algunos de sus colaboradores pertenecieron a Montoneros y se ha apropiado de la bandera de los derechos humanos.
¿Isabel de derecha y Cristina de izquierda? Yo creo que ninguna de las dos se sentiría cómoda en ese lugar. Ambas fueron prisioneras de sus coyunturas, de las decisiones de sus maridos, incluidas las fallas cardíacas. Puede que Isabel efectivamente haya sido de derecha, pero ingresa al terreno de lo temerario atribuirle a Cristina una identidad de izquierda. Y si no son de derecha o de izquierda, ¿qué son? Muy sencillo: peronistas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada