jueves, 24 de julio de 2014

“Nos arrancaron las primeras páginas del libro”

FUERON VENDIDOS, ROBADOS O ENTREGADOS AL NACER, LOS ADOPTARON ILEGALMENTE Y HOY QUIEREN CONOCER A SU FAMILIA DE ORIGEN

“Nos arrancaron las primeras páginas del libro”

Se conocieron a través de las redes sociales y unificaron su reclamo. Hoy proponen la sanción de una ley para que el Estado los asista en su búsqueda. Las organizaciones estiman que son tres millones las personas afectadas.
 Por Eduardo Videla

Tienen entre 30 y 55 años. La mayoría supo, no hace mucho, que la familia con la que se criaron no era su familia de sangre. Hasta ese momento vivieron rodeados de silencios, ocultamientos y mentiras. Sospechan que han sido víctimas de delitos: adopciones ilegales, tráfico de niños, sustitución de identidad. Las dudas son hijas de la búsqueda de las Abuelas de Plaza de Mayo: el robo de niños era una práctica anterior incluso a la represión ilegal y hasta tolerada por la sociedad, sostienen. Ahora, muchos de ellos quieren saber cuál es su origen, conocer su verdadera identidad, y en ese camino se encuentran con obstáculos diversos. Para sortear estas trabas, unificaron su reclamo en un proyecto de ley que ya está en la Cámara de Diputados. Proponen la creación de un Instituto Nacional para la Búsqueda de la Identidad de Origen y Biológica, que se ocupe de centralizar denuncias y colaborar con las búsquedas de las personas afectadas. Estiman que, a lo largo de los años, pueden sumar unos tres millones.
Silvina Sotelo tiene 47 años y hace diez confirmó lo que sospechaba desde hace mucho tiempo: el hombre y la mujer que la criaron desde bebé no eran sus padres biológicos. “El trato siempre fue diferente con mi hermana mayor, que era hija natural. Después supe que cuando ella nació, la madre quedó imposibilitada para un nuevo embarazo. Por eso me trajeron a mí”, cuenta Silvina a Página/12 y deja en claro que cuando dice “la madre” no se refiere a la suya. “Lo peor es que yo siempre conviví con esas prácticas, aunque no me daba cuenta: el hombre que decía ser mi padre era médico, y a mi casa venían chicas solteras, embarazadas, con sus madres, que se hacían un aborto o, si las convencían, entregaban a los niños. También venían mujeres con un almohadón en la panza, que un día dejaban el almohadón y se iban con un bebé”, recuerda ahora, después de haber atado los cabos sueltos de su infancia.
Pero a ella no la consiguió su padre, sino su abuelo: “Había estado en la Marina y tenía muchos contactos con la Iglesia”.
“¿Cómo sé yo que mi madre biológica me entregó voluntariamente, sin que me hayan robado o sin que la hayan presionado?”, se pregunta Silvina desde hace una década y todavía no encontró la respuesta. Como el matrimonio que la crió siguió ocultándole información, tuvo que recurrir a la Justicia. Recién con una orden de ADN de por medio le contaron la verdad, pero siguieron escondiendo datos de su origen.
Hoy, después de un trámite judicial, logró que su identidad quedara en suspenso: una jueza resolvió que su acta de nacimiento fue falsificada, que ella no es hija de las personas que la anotaron como tal y que llevará su actual apellido en forma transitoria, hasta que se descubra su verdadera identidad. Ese paso le permitió terminar con una mentira pero también tuvo sus costos: entre otros derechos, perdió el de heredar los bie-nes de quienes la criaron.
“A nosotros nos arrancaron las primeras páginas del libro”, dice Gabriela Naya y en ese “nosotros” incluye a todos los que, como ella, buscan la parte censurada de su historia. Gabriela tiene 48 años y supo la verdad hace dos años y medio, como consecuencia de una discusión familiar, cuando una hermana de su madre de crianza le gritó: “Vos no sabés quién sos”.
Esa frase vino a confirmar todas las sospechas previas. “Porque todos sospechamos de alguna manera, porque siempre hubo evasivas a preguntas que hacen todos los chicos: ¿Por qué tardaste tanto en tenerme? ¿Y por qué no tengo hermanos?”. “Al final, todos en mi familia sabían, menos yo.”
Claro, sabían hasta donde podían saber, porque una parte de esa historia quedó borrada, tal vez para siempre. “No tuvieron más remedio que decirme la verdad, que no podía tener hijos, que fueron a ver a una partera, que es la que me consigue y le hace la partida de nacimiento, que pone la casa para que yo nazca ahí, porque en esa época se solía hacer así.”
El simulacro, cuenta Gabriela, incluyó “el juego del embarazo: tengo una foto donde ella aparece con la panza y hasta hubo un certificado para que la empresa ELMA, donde trabajaba, le diera la licencia por maternidad”.
Los datos que logró reunir no son muchos: que la casa de la partera estaba en La Paternal, que hubo dinero de por medio, un valor aproximado al de un auto cero kilómetro de la época. Pero de la mujer que la tuvo en su vientre, ni rastros: la partera ya está muerta y se llevó el secreto a la tumba.
–¿En qué la puede ayudar a usted una ley de identidad, después de tanto tiempo? –preguntó este diario.
–Si hoy quiero ver los archivos de los hospitales en los días en que yo nací, no puedo. Una ley permitiría que se abra un legajo para cada caso, que se inicie una búsqueda. Se podría acceder por ejemplo a los libros de partos de una ciudad.
La sustitución de identidad, la apropiación de niños, la venta de bebés, el robo de recién nacidos o el engaño a las madres a las que les entregaban un bebé muerto al nacer han sido prácticas habituales incluso antes de que el terrorismo de Estado las incorporara a su plan. Habían sido un atajo para las familias que querían adoptar, pero también un negocio. Hasta la Iglesia Católica intervino en esos procedimientos, a los que investía con un manto piadoso.
Las víctimas de esas prácticas dejaron de vivir con su situación en soledad. Reconocen que tomaron conciencia de la importancia de saber la verdad a partir de la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo. Algunos se acercaron incluso a las convocatorias, pero el rigor de las fechas los fue dejando afuera de los procedimientos de la dictadura. Entonces, decidieron organizarse por su cuenta.
Así conformaron Raíz Natal (Hijos por el derecho a la identidad biológica); Herman@s del Alma, que reúne a personas que nacieron en Córdoba asistidos por una misma partera; Hijos Biológicos en Busca de Identidad y la asociación ¿Quiénes Somos? y en el sitio de Facebook Identidad Sustituida. Patrocinados por el titular del Consejo Económico y Social porteño, Sergio Abrevaya, presentaron un proyecto de ley al que le puso firma la diputada Margarita Stolbizer (GEN).
“Impulsamos un consenso con el resto de los bloques para impulsar una norma que haga operativo el derecho a la identidad, que es uno de los derechos primordiales”, dijo Stolbizer. “Estas personas han sido víctimas de delitos que en muchos casos han sido tolerados o convalidados por el Estado.”
Los delitos ya están prescriptos. “Pero el Estado debería ponerse al frente de las investigaciones, a través de un instituto que facilite la búsqueda y el acceso a la información”, agregó Abrevaya.
Andrea Costa emprendió la búsqueda hace dos años, por su cuenta, y ya sabe que es hija de una mujer que quedó embarazada cuando era adolescente, en un barrio de Santiago del Estero. “Empapelé el barrio en busca de información”, cuenta.
Hugo Capparelli también se enteró hace dos años y busca su origen porque sus hijos tienen una enfermedad autoinmune que puede ser hereditaria. “Nací en Luján, y tengo la sospecha de que fue en un internado de mujeres, el Instituto López Valdivieso, donde hace unos años echaron al director por prostituir a las chicas internadas. Creo que me compraron ahí, que fui un regalo para mi mamá.”
Las redes sociales suman cada tanto nuevos casos. Todas las historias son como rompecabezas a las que siempre les falta alguna pieza.

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