domingo, 24 de octubre de 2010

asi somos, falsos pero creyentes

Los argentinos y la fe

Religiosos en lo privado, laicos en lo público

La mayor parte de la sociedad argentina cree en Dios y siente que la religión es importante en su vida. Pero también reclama que las instituciones religiosas no tengan injerencia en la escena política. Los resultados de una encuesta exclusiva de Poliarquía y la preocupación de la Iglesia por su escasa influencia sobre la opinión pública
Por Lorena Oliva

No importa cuántas veces se haya anunciado la muerte de Dios ni cuántas veces se hayan alzado victoriosas las banderas de la secularización. En la Argentina, el 71 por ciento de las personas cree en Dios, la religión es importante para el 60 por ciento de la población, y el catolicismo sigue gozando de un liderazgo indiscutido.
Pero eso sí, cuando se trata de pensar la religión en la escena social, y no ya en la privada, más de la mitad de los argentinos dice que su vínculo con la religión se limita a eso, al terreno individual, y prefiere que las autoridades religiosas se abstengan de influir en las decisiones de gobierno o en lo que se vota en las elecciones. Más aún, el apoyo económico que el Estado brinda a la religión católica goza de un bajísimo nivel de aprobación entre los argentinos: apenas el 12 por ciento.
Esta aparente asimetría entre la fe religiosa y el modo de vivirla es la principal novedad que arroja la encuesta "Actitudes y prácticas religiosas en la República Argentina", realizada por la consultora Poliarquía en exclusiva para LA NACION. Entre otras revelaciones, la encuesta confirma la existencia de lo que otros estudios han llamado "cuentapropismo religioso" o "religión a la carta", es decir, una experiencia religiosa caracterizada por la flexibilidad y el subjetivismo.
Con tales particularidades, el mapa religioso argentino se dibuja así: un 46 por ciento de los encuestados se considera católico no practicante; un 31 por ciento, católico practicante; el 9 por ciento, evangelista; el 9 por ciento ateo o agnóstico; el 1 por ciento, testigo de Jehová; el 1 por ciento, judío y otro 1 por ciento, adventista.
De ese total, el 63 por ciento de los encuestados se mostró de acuerdo con que las autoridades religiosas no deben intentar influir en la opinión de la gente que vota en las elecciones (el 49 por ciento de ese total estuvo muy de acuerdo al respecto), y el 61 por ciento se manifestó en contra de la incidencia de los referentes religiosos sobre las decisiones de gobierno (el 47 por ciento, en este caso, se declaró muy en contra).
La investigación también reveló una posición bien marcada de la sociedad con respecto a la asistencia económica que el Estado le brinda a la religión católica: sólo el 12 por ciento está de acuerdo con ese apoyo, mientras que el 41 por ciento sostiene que debería ayudarse a todas las religiones y un 42 por ciento se mostró reacio a que se asista económicamente a alguna religión.
Todo esto, sin embargo, en un contexto en el que, como decíamos, la religión es importante para el 60 por ciento de los argentinos (el 36 por ciento la considera muy importante y el 24 por ciento, bastante importante). Pero esta aparente contradicción entre un universo creyente que prefiere que el margen de acción de los principales referentes religiosos se vea limitado no lo es tanto para los expertos de Poliarquía, quienes lo encuentran lógico si se piensa que la esfera íntima es el templo mayormente escogido para dar cauce a esa fe.
De hecho, el rechazo mayoritario a que las principales autoridades en materia de fe tengan injerencia en los comicios o en las decisiones de gobierno no se da sólo entre los ateos, los agnósticos o los que profesan otra religión minoritaria, sino que también se mantiene entre el grupo autodefinido como católico practicante: "El 58 por ciento de los católicos practicantes está de acuerdo con que la Iglesia no influya en los comicios, en tanto que el 56 por ciento opina que no debería influir en las decisiones de gobierno", aporta Alejandro Catterberg, uno de los directores de la consultora.
La vivencia personal de la religión se revela en varias instancias de la investigación: de acuerdo con el relevamiento, el 53 por ciento reza más de una vez por semana, el 52 por ciento asegura tener momentos de meditación personal con la misma frecuencia, en tanto que el 36 por ciento habla de religión en el hogar también más de una vez por semana. Sin embargo, sólo el 8 por ciento asiste a misa u otros oficios religiosos más de una vez por semana. El 18 por ciento lo hace una vez a la semana, el 23 por ciento asiste alguna vez al año y el 30 por ciento no lo hace nunca.
Pero teniendo en cuenta este particular vivencia de la fe, ¿cómo interpretar que el 31 por ciento del total se considere católico practicante? En este punto cabe recordar que el ser humano puede tener una identidad social, colectiva o cultural que no siempre se corresponde con sus vivencias personales. Y así lo confirman las palabras de Catterberg. "Lo de ´católico practicante´ es una autodefinición de los encuestados, se refiere a cómo se consideran a sí mismos. Pero alguien puede sentirse "católico practicante" sólo porque pisa la iglesia una vez al año. Tiene que ver con este modo personal de vivir la religión. Para saber cuántos de ellos son verdaderamente practicantes, uno podría tener alguna pista examinando, por ejemplo, su asistencia a misa. En este punto, es notable la profundidad de la práctica religiosa entre los evangelistas, que representan al 9 por ciento de la sociedad: el 30 por ciento de ese total asiste al templo una vez por semana y el 40 por ciento lo hace con mayor frecuencia."
Más allá de la liturgia, también en el plano familiar queda en evidencia la particular manera de vivir la fe de la sociedad argentina: al 60 por ciento de los consultados le da lo mismo que su pareja tenga las mismas creencias y religión. Y en lo que hace a la educación de los hijos, si bien al 75 por ciento del universo consultado le gustaría que tuvieran una formación religiosa, sólo el 39 por ciento estaría de acuerdo en mandarlos a una escuela religiosa.
En Poliarquía, sin embargo, son claros al respecto: esta pérdida de influencia de la religión sobre la vida cotidiana de la sociedad no nos habla únicamente de una crisis espiritual o religiosa sino que se enmarca dentro de un proceso más profundo -y global- que afecta a todas las instituciones tradicionales.
De todas maneras, esta particular vivencia de la fe religiosa que, al parecer, responde a fenómenos globales, también tiene su condimento local o regional. Tal es el caso de un tipo de religiosidad popular que se expresa por la devoción de ciertas figuras religiosas y que suele ser típico de los países latinoamericanos.
En el relevamiento de Poliarquía, el 52 por ciento de los encuestados manifestó sentir devoción especial por alguna figura religiosa. De ese universo, es Jesucristo quien encabeza la lista de devociones con el 13 por ciento. Le siguen la Virgen de Luján (10 por ciento) y San Cayetano (9 por ciento). Pero el listado también lo integran San Expedito (8 por ciento), el Gauchito Gil (2 por ciento) y la Virgen Desatanudos (1 por ciento), entre otros.
Realizada a fines de septiembre, la encuesta abarca a toda la población mayor de 18 años que reside en centros urbanos de más de 10.000 habitantes. Y al examinar algunos aspectos puntuales de ese universo, como la edad, el género, el nivel educativo y la zona de residencia, las revelaciones son interesantes.
Así tenemos que la religión es un 17 por ciento más importante para las mujeres (68 por ciento contra 51 por ciento entre el género masculino). En términos etarios, la importancia que se le otorga a la fe religiosa es directamente proporcional a la edad del encuestado: a mayor edad, mayor importancia. Mientras que este aspecto es importante para el 53 por ciento de los adultos de entre 18 y 29 años, el porcentaje se eleva a 57 entre los de 30 y 49 años, y vuelve a elevarse al 67 por ciento entre los de 50 años o más.
En términos educativos se da la relación inversa: entre el grupo que sólo cuenta con estudios primarios, la religión es importante en un 69 por ciento de los casos; disminuye nueve puntos entre los que alcanzaron el nivel secundario, y vuelve a reducirse hasta el 48 por ciento entre quienes cuentan con estudios terciarios o universitarios.
Y de acuerdo con la zona de residencia, la religión es mucho más importante en el interior del país, en donde alcanza un nivel de adhesión del 64 por ciento, mientras que que en la Capital, llega al 46 por ciento. En el Gran Buenos Aires, este porcentaje alcanza el 57 por ciento.
Los resultados parecen contradecir aquello de que "Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires".
© LA NACION

Las creencias en épocas de vacío

Eduardo Fidanza
Para LA NACION

Sabemos que a partir del origen de la modernidad, signada en Occidente por el ascenso de la democracia y el capitalismo, la religión perdió su ubicación central en la cultura. La sociedad dejó de guiarse por la creencia en un Dios otorgador de sentido y orden al mundo. Este proceso desplazó a la religión al lugar de lo irracional, cuando por siglos había sido sinónimo de una razón basada en valores trascendentes. Ahora la ciencia, centrada en la fe en el hombre y sus obras, ocupaba su sitial.
Sin embargo, al contrario de lo que supusieron las corrientes racionalistas del siglo XIX, el fenómeno religioso se mantuvo presente y vigoroso en los poros de la sociedad. Como observó con sagacidad Max Weber, las religiones construyen un relato destinado a explicar la disparidad entre el mérito y el destino. Deben responder por qué tantas veces a los impíos les va bien y a los fieles les va mal. Esta necesidad de esclarecimiento no incluye sólo a las masas, sino que se extiende al conjunto de la comunidad de los creyentes. Recordaba Weber que los pobres necesitan una explicación del sufrimiento, pero que los ricos reclaman asimismo una justificación del bienestar. La felicidad también quiere ser legítima, sintetizaba el sociólogo alemán en una frase certera.
Pero el vigor de la religión va más allá. En Occidente su vigencia gira hoy en torno de las personas más que de las instituciones. Estas parecen haber fracasado. El racionalismo no logró darle a la sociedad el poder de salvación. La profecía de Emile Durkheim, quien sostuvo que al abandonar a Dios abrazaríamos a la comunidad, nunca tuvo lugar.
La gente lo intuye. Frecuenta menos las iglesias y los sacramentos, pero se aferra a creencias religiosas para compensar la vacuidad del entorno. Como consagró el ensayista Gilles Lipovetsky, vivimos en una época de vacío. En un mundo inorgánico y peligroso que teme a la muerte más de lo que está dispuesto a reconocer.
En este contexto, las investigaciones sobre religión en base a encuestas enfrentan todo tipo de limitaciones. Y es bueno tenerlas en cuenta. Constituyen apenas una aproximación que debe profundizarse por medio de estudios culturales profundos. Las creencias religiosas son una suerte de marca en la biografía de las personas y de las familias, que apenas puede rozarse mediante una entrevista telefónica y un cuestionario con opciones preestablecidas.
¿Para qué sirven entonces las encuestas sobre religión? Respondería: para colectar estadísticas sobre comportamientos, al modo en que las realizan los censos. No pueden determinarse (o "medirse") creencias y convicciones, pero sí estimarse frecuencias de asistencia a los cultos, de devociones por figuras religiosas, de preferencias y opiniones en materia de educación, matrimonio, política u otros aspectos vinculados a la religión. En este modesto horizonte de posibilidades debe ponerse la encuesta realizada por Poliarquía para LA NACION. Sus resultados confirman hallazgos anteriores y están, a grandes rasgos, en línea con lo que sucede en sociedades comparables con la nuestra, como la española.
En primer término se verifica cierta contradicción respecto al lugar que la religión ocupa en la vida de las personas. Las creencias religiosas quedan ampliamente relegadas si se las compara con la familia, la salud y el trabajo. Sin embargo, al preguntarse por ellas solas, sin posibilidad de comparación, surge que la gran mayoría le otorga importancia. ¿Qué pensar de esta aparente incongruencia? Arriesgo a responder: la religión está devaluada como esfera social, pero no como instancia íntima. Creemos más para nosotros que para los demás.
En segundo lugar, se constata una adhesión genérica y extendida por el catolicismo, lo que constituye un dato característico de nuestra sociedad. Esta filiación se expresa con mayor frecuencia por fuera de los requisitos institucionales. Ser católico "no practicante" es la tarjeta de presentación religiosa de la mayoría de los argentinos.
En tercer lugar, se observa que son variadas y polémicas las opiniones sobre aspectos que vinculan a la sociedad con la religión, expresando las dificultades de ésta para competir con el mundo moderno. Se reivindica la formación religiosa de los hijos, pero no hay consenso para mandarlos a escuelas religiosas; no importa si la pareja es de la misma religión que uno; se discute sobre si el Estado debe sostener al culto, y no existe acuerdo acerca del acatamiento debido a los líderes religiosos. Por último, pero no lo último: se rechaza masivamente la influencia de las autoridades eclesiásticas en el voto y en las decisiones del gobierno.
A la luz de estos datos, pareciera que la religión se balancea sin lograr equilibrio entre lo íntimo y lo público; entre las convicciones y las prácticas. Goza de buena salud cuando se refugia en el interior de las personas; se debilita cuando le toca representar institucionalmente a los creyentes y mitigar la angustia que genera una cultura hueca.
© LA NACION
El autor es director de Poliarquía Consultores

Lejos de la cultura contemporánea

José María Poirier
Para LA NACION

Más allá de las críticas que podrán hacérsele al tan pobre y condicionado debate sobre la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, hay que reconocer que la Iglesia católica no tuvo el peso que algunos sectores imaginaban para influir en la clase dirigente y, en general, en la opinión pública. ¿Por qué? Una primera respuesta sería que la institución religiosa, desprestigiada además por los abusos a menores por parte de miembros del clero y de la jerarquía en varios países, tiene cada vez menos peso en cuestiones de orden moral, y de moral sexual especialmente. Otra podría ser que el lenguaje y el tono empleados por algunos obispos y referentes de organizaciones fue poco feliz frente a la sensibilidad de un creciente número de personas: se habló con cierto dogmatismo y se desacreditaron duramente a quienes pensaban de otra manera. En tercer lugar, probablemente haya poco interés por quien se dirige al pueblo desde el púlpito creyendo tener toda la verdad; se querría un diálogo más llano y humilde. Por último, podría señalarse también que cada vez más se reivindica la libertad de conciencia y no se está dispuesto a delegar el discernimiento personal en autoridades o instituciones.
Pero acaso haya algo que vale la pena considerar más en profundidad: se advierte un divorcio real entre la Iglesia y la cultura contemporánea. Y la cultura implica sensibilidades, lenguajes, mentalidades, maneras de situarse y de comprender el mundo. Curiosamente, todo ello no significa que quienes piensen así (o sientan así) estén en contra de la Iglesia. No en pocos casos son personas que se declaran creyentes e incluso católicas, jóvenes que van a pie a Luján o colaboran con iniciativas sociales en las parroquias y asociaciones religiosas, personas de fe que se esfuerzan por ayudar al prójimo y que manifiestan inquietudes espirituales. "Si la Iglesia supiera cuánto la necesitamos pero qué lejos está de nosotros", comentaba poco tiempo atrás en rueda de amigos un universitario que se declaraba en búsqueda interior pero se negaba a aceptar mandatos y reclamaba razones y cercanía.
Una Iglesia que se esfuerce por dejar de sentirse agredida (aunque a veces lo sea) y dirija su mirada y sus energías con esperanza hacia el futuro, que medite hondamente las palabras del Evangelio, que esté dispuesta a salir al encuentro de todos y a no dejarse encerrar por prejuicios o por mentalidades superadas, que descubra en medio de las grandes dificultades y contradicciones actuales también los "signos de los tiempos", que respete con convicción la grandeza de cada conciencia, el dolor de cada persona que sufre, y apueste a crear en libertad nuevas propuestas y paradigmas culturales... Esa Iglesia tiene mucho para prometer a la sociedad. Podrá ser, junto a otras fuerzas renovadores, como la levadura en la masa. Esta decisión supone tomar como campo privilegiado la cultura -que se reflejará después en la acción social y política- desde la autenticidad de pequeñas comunidades que den testimonio de vida.

En busca de una nueva prédica

Tras la escasa incidencia de su mensaje en la discusión sobre el matrimonio homosexual, la Iglesia sabe que se encuentra ante uno de sus mayores desafíos: cómo fortalecer su debilitada influencia en temas relacionados con la educación, la familia y la vida en momentos en los que comienza a discutirse en el país la despenalización del aborto
Lorena Oliva
LA NACION

Respetada y valorada por su trabajo en el ámbito social, pero ignorada en lo estrictamente religioso, y hasta ridiculizada por su ética y moral: tal es el diagnóstico que hace la propia iglesia católica sobre cómo es percibida por nuestra sociedad.
Esta cruda percepción -expresada a LA NACION por dos altas jerarquías eclesiásticas y puesta de manifiesto, según ellas, durante el debate previo a la sanción del matrimonio homosexual- pone a la Iglesia ante uno de sus mayores desafíos a lo largo de su historia en nuestro país: cómo fortalecer su debilitada influencia en temas relacionados con la educación, la familia y la vida en momentos en los que comienza a instalarse tibiamente el debate sobre la despenalización del aborto.
"Uno de nuestros grandes desafíos en la actualidad es encontrar la mejor manera de presentar nuestros valores ante una cultura centrada en la persona. Teniendo en cuenta que, para la cultura actual, la referencia para llegar a la verdad y alcanzar la plenitud es el mismo sujeto y en él, el criterio de verdad y de bien es "lo que siento", entonces todo pasa por la persona, todo se construye desde la persona, hasta la sexualidad. Y para el pensamiento cristiano la sexualidad, la dignidad de la persona humana, es algo que viene dado, que nos lo da Dios. Un regalo de Dios que requiere de la responsabilidad y tarea humana. Pero en una sociedad plural como la actual, el desafío es presentar nuestra postura con una gran capacidad de diálogo. Sin herir ni ser herida, para que no vuelva a ocurrir lo que ocurrió durante las movilizaciones previas a la sanción de la ley de matrimonio igualitario, donde todo pareció reducirse a ver quién llevaba más gente a la plaza, cuando el debate del tema requería mayor profundidad y tiempo."
Quien habla con tal contundencia es monseñor Enrique Eguía Seguí, secretario general del Episcopado, quien en varias oportunidades durante el diálogo con LA NACION hizo alusión a la "Carta Pastoral de los Obispos Argentinos" publicada el año último por la Conferencia Episcopal Argentina.
La Carta es una profunda reflexión surgida luego de la conferencia episcopal latinoamericana que tuvo lugar hace tres años en Brasil, en la que se ahondó, justamente, sobre los desafíos del catolicismo en nuestro continente. El documento lleva ese mismo aspecto al plano local y sugiere líneas de acción. Menciona, incluso, la necesidad de renovar el estilo evangelizador del catolicismo, de reconocer la existencia de "estructuras caducas", de promover una pastoral asentada en los vínculos pastorales y de valorar la importancia de la religiosidad popular.
Pero las percepciones sobre los cambios de nuestra sociedad que la Iglesia bien reflejó el año pasado en la Carta se materializaron en su versión más extrema cuando en julio último se sancionó la ley de matrimonio homosexual.
Basta recordar la reunión que mantuvo la Comisión Permanente del Episcopado un mes después de que se sancionara esa norma, en la que los principales referentes del catolicismo en el país debatieron sobre cómo atender los cambios culturales de nuestra sociedad.
"Genera preocupación este relativismo social que se ha instalado, porque en él pierde sustento una ética forjada con principios sólidos e irrenunciables que no dependa de ciertos contextos -reconoce monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú-. Así que estamos enfrentando este escenario promoviendo la renovación de nuestro fervor misionero. Nuestro desafío es poder continuar predicando sobre el amor y la solidaridad en una cultura individualista y mostrar la belleza de seguir a Jesús".
Pero ¿cómo dispersar ese mensaje cuando todos los estudios marcan una vivencia de la religión profundamente desinstitucionalizada? Además del estudio de Poliarquía, puede mencionarse la primera encuesta sobre creencias y actitudes religiosas en Argentina, realizada a principios de 2008 y dirigida por el investigador del Conicet Fortunato Mallimacci, de la que se desprendieron varias conclusiones inquietantes: por un lado, un proceso de desinstitucionalización religiosa y de individuación de las creencias que ya era evidente en aquel entonces. Por el otro, que la opinión mayoritaria de la sociedad argentina sobre temas controversiales (aborto, educación sexual en las escuelas, uso de anticonceptivos, etcétera) toma una notable distancia respecto de los postulados doctrinarios de las instituciones religiosas.
También la socióloga Marita Carballo, en la actualidad presidenta de Kantar Group en América latina, trabajó el vínculo de los argentinos con la religiosidad. Carballo, también autora del libro Valores culturales al cambio del milenio , recuerda que, en comparación con otras instituciones, la Iglesia aparece como una de las que mayor grado de confianza inspira en nuestra sociedad. "Sin embargo, las opiniones son más críticas cuando se indaga acerca del tipo de respuestas que la Iglesia da a los problemas morales y las necesidades de los individuos, de la vida familiar y de la sociedad", agrega.
Con ella coincide Mallimacci: "Hoy en día predomina un vínculo con lo religioso que prioriza lo individual, la emoción, lo afectivo. Por eso el grupo que más ha crecido en los últimos tiempos es el evangelismo. En el catolicismo, los carismáticos son una variante interesante en esto de vivir la religión con emoción, pero que no logra ser suficiente para atravesar ciertos límites institucionales. Por ejemplo, una persona separada que quiera vivir plenamente su fe no tiene cabida incluso entre los carismáticos y termina yendo a los pentecostales."
Dentro de la propia Iglesia se reconoce esta dificultad para dar cabida a las necesidades de las personas. Pero mientras algunos sectores se la adjudican casi exclusivamente a los signos propios de la cultura contemporánea, hay quienes se atreven a dar un paso más allá: "Hay una honesta preocupación al ver que la población cree cada vez menos en algunos valores esenciales para el ser cristiano: se dice que esto es propio de la posmodernidad, pero también nos habla de la falta de una pastoral cercana a los fieles, de la falta de carnadura de nuestro mensaje -reflexiona Justo Carbajales, director ejecutivo del departamento de laicos de la Conferencia Episcopal Argentina-. Y en este punto es importante el compromiso de los laicos como el de toda la Iglesia: debemos trabajar para expresar claramente lo que queremos pero sin denostar otras posiciones. El desafío es lograr el difícil equilibrio entre el silencio y la reacción."
Vínculos personales
De alguna u otra manera, todas las fuentes consultadas para esta nota mencionaron la necesidad de una pastoral marcada por la cercanía, por los vínculos personales. "Si uno tiene un trato cercano con el sacerdote de su comunidad, puede hablar con él hasta de curas pedófilos sin que eso afecte el vínculo cotidiano que tiene con ese sacerdote", ejemplifica monseñor Eguía.
Claro que, si hablamos de vínculos en crisis, no podemos pasar por alto la relación de la Iglesia con el gobierno nacional. Tanto la sanción de la ley de matrimonio homosexual como el avance sobre la despenalización del aborto son claros indicios de la escasa incidencia de la Iglesia sobre la agenda nacional.
El propio Eguía reconoce la crisis: "El vínculo entre la Iglesia y el Estado pareció debilitarse después de la sanción de la ley de matrimonio igualitario. Pero lo cierto es que la relación no pasa sólo por las cabezas sino que alcanza otras esferas que están por debajo, en donde se da una interrelación muy fructífera, en las provincias y en emprendimientos sociales, como en barrios carenciados", analiza Seguí, aunque no subestima las eventuales consecuencias de un vínculo debilitado: "Es cierto que este debilitamiento puede llevar a que el Estado avance por caminos distintos a los de la Iglesia. El desafío entonces es que quienes se sientan afines con los valores cristianos puedan vivirlos en plenitud sin ser discriminados. Por supuesto que, para nosotros, es central la libertad para poder educar en valores cristianos y la protección de la dignidad humana centrada en la vida desde el momento de la concepción, así que seguiremos elevando la voz con nuestro mensaje ."
© LA NACION

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