domingo, 29 de mayo de 2011

Sociedad

Jóvenes intelectuales, ¿para qué?

Rondan los 40, son acádemicos e investigadores, pero no llevan el ceño fruncido. Cinco seres cotidianos en una charla sobre la profesión, el compromiso con el país y el futuro

Domingo 29 de mayo de 2011 | Publicado en edición impresa
Jóvenes intelectuales, ¿para qué?
Al frente. Gabriel Di Meglio, Gustavo Daujotas, María Jodé Sarrabayrouse, Federico Penelas y Marisa Baldasarre. / Daniel PessahVer más fotos
icen que les gusta que la gente opine sobre los temas que estudian. Y que abrazaron esas disciplinas por vocación. Están a un paso -antes o después- de los 40, son adjuntos o jefes de Trabajos Prácticos de cátedras universitarias e investigadores del Conicet. Comparten, además, haber egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), la Academia, el clásico semillero de la intelectualidad local.
Gustavo Daujotas pasa sus días inmerso en lecturas de textos clásicos en latín; Federico Penelas se debate entre la lógica y la filosofía del lenguaje; Marisa Baldasarre recorre la historia del arte del siglo XIX; María José Sarrabayrouse enfrenta los desafíos del responder por el sentido de las prácticas culturales desde la antropología, y Gabriel Di Meglio, las preguntas siempre urticantes de la historia argentina.
Los intelectuales de la nueva generación se parecen poco y nada a aquellos de voz impostada y ceño adusto de quienes se esperaba con cada palabra no menos que el embrión de un mundo nuevo. Son seres cotidianos, dispuestos a salir del paraguas protector de la vida académica y a llevar una existencia bastante similar a la de todos.
Esa palabrita difIcil
"Intelectual suena bastante elitista, como alejada del mundo del trabajo. ¿Yo, intelectual? A veces me considero simplemente un ama de casa: tengo dos hijas, soy docente... Hoy la crianza está más repartida, pero el ciclo vital para las mujeres es más acuciante. Podría decir que tengo un costado intelectual, junto con un costado pragmático, porque finalmente es con el fruto de este trabajo que pago mis cuentas y vivo", reflexiona Marisa Baldasarre.
Parece entonces que la carga más pesada sobre las mujeres en el hogar es un fenómeno que no diferencia oficios o niveles educativos, pero el historiador Gabriel Di Meglio se apura a aclarar que los hijos también impactan en la carrera de los varones. "No pongo en discusión el mayor aporte de mi mujer, pero desde que nació mi hija, mi producción también es menor."
María José Sarrabayrouse echa por tierra otro de los grandes mitos: que trabajar en la propia casa es mejor que hacerlo afuera. "Si cumplís un horario en una oficina, entrás y salís, pero el trabajo en tu casa es todo un problema. Esa supuesta libertad termina convirtiéndose en una esclavitud de 24 horas."
Además, para Baldasarre, esto indica la la precariedad del mercado. "Estuve becada en Italia y nadie que estudia arte lo hace en su casa, sencillamente porque lo que se tiene en el instituto o facultad no lo tenés donde vivís."
Gustavo Daujotas, el hombre de los textos clásicos, también descree, como sus colegas, del mote de intelectual: "Es una mochila muy pesada, sinónimo de soberbia, de alguien que parece colocarse por encima, como responsable sobre qué sucede con el resto".
"En la historia argentina tenemos ejemplos, como los de Alberdi o Sarmiento, que creían que de su acción dependía la formación del Estado -dice Di Meglio-. El compromiso puede estar igual. O no. Me molesta que se le pida al intelectual asumir una responsabilidad mayor que la de cualquier otro ciudadano que se dedica a trabajar."
Penelas, el filósofo del grupo, quiere ir un poco más allá y plantea que, para el imaginario colectivo, intelectual posiblemente siga siendo sinónimo de gruesos anteojos, pipa y polera negra -la célebre imagen de Jean Paul Sartre-, pero que hoy la realidad ha desgranado un conjunto más complejo de significaciones.
"Ser intelectual ya no implica el mandato de tener una voz explícita, pública -dice Penelas-. Esto es una vocación, no tiene que ser impuesto. Mucha gente que hace Humanidades, en especial Filosofía, quiere investigar y también decir algo en la arena pública. La idea es que quien lo desee pueda expresarse desde su disciplina, no que por ser doctor en Filosofía sea convocado para hablar de todo."
Además, para Penelas hay una tensión entre lo general y lo particular que se expresa con mucha fuerza en áreas como la lógica y la filosofía. "La primera vocación de quien abraza las humanidades es universalista, difícilmente es dedicar toda su vida -por ejemplo- a interpretar un fragmento de un filósofo. Son las instituciones las que van imponiendo la hiperespecialización."
Si un investigador en biología dedica toda su vida a estudiar la membrana de la célula o un matemático aborda un problema determinado durante años y años, no suelen tener que dar tantas explicaciones acerca de la utilidad de sus pesquisas. En cambio, siempre está vigente la pregunta de ¿para qué sirven las humanidades?
Penelas se traslada al pasado para responder. "¿Cómo se inició la filosofía en Grecia? Como una disciplina que enfrentaba las supuestas creencias circulantes en la polis, que obligó a los ciudadanos atenienses a una tarea crítica. Ese aporte crítico está vigente, aunque en peligro, porque la profesionalización tiene como riesgo que no se pueda desplegar la tarea adecuada frente a formas institucionalizadas de investigación que permiten llevar una vida académica sin mayores alteraciones."
Que las investigaciones en humanidades ofrezcan a las sociedades un marco de crítica a los discursos dominantes parece, sí, un aporte de lo más pertinente. Pero, ¿cómo puede arrojarse esa luz crítica -por ejemplo- desde los textos clásicos latinos que estudia Daujotas?
"Hubo un proyecto político que reivindicó la cultura clásica latina como elevada y por eso algunos textos fueron dejados de lado por soeces o grotescos. Son los textos que estudio, que hacen descubrir un costado popular que en esa época y esa cultura no era valorado y permiten que ampliemos la visión del mundo. Además, hay otra cuestión, ligada a la idea de sistema: el que estudia el citoplasma de la célula no sabe hasta dónde pueden llegar sus conclusiones en la práctica. Lo mismo ocurre con el fragmento de un filósofo o la interpretación de un texto de la epigramática grotesca latina: no podemos medir sus efectos..."
Di Meglio asegura que los pedidos de cuentas a los humanistas provienen más de sectores cercanos a la Academia que de la población. "Las críticas son periféricas a nuestro propio ambiente y van más a la chicana, al ¿para qué sirve esto? -explica-. Soy investigador, pero también divulgador, y por la calle la gente no me detiene para reclamarme ustedes, los historiadores, tal y tal cosa. Todo lo contrario. Yo estudio historia argentina... y parece más útil. ¿Pero, por qué más útil que la china? Es un clásico decir que si se dialoga con el análisis concreto de hechos sociales actuales, tiene más importancia, pero no es así."
Para Marisa Baldasarre, algo similar pasa en el mundo de la investigación sobre el arte. "Un académico de Estados Unidos no tiene que explicar por qué estudia arte iraní -afirma -. A la universidad que lo financia, con un proyecto colonialista como seguramente tiene, le interesa que en los Estados Unidos existan especialistas en Irán, en China..."
Saber que las cosas no siempre fueron como son y que los cambios dependen del modelado humano parece ser un elemento tan valioso como determinar con qué materiales se construye un edificio o cómo vuela un avión.
"Un antropólogo busca desnaturalizar las prácticas, las instituciones -dice María José Sarrabayrrouse-. Y demostrar que las cosas tal como suceden no siempre fueron iguales ni se hicieron de la misma forma."
De lavar los platos... a los recursos
"Nuestra situación laboral mejoró mucho en los últimos años -dice Penelas-.Venimos desde el 90, donde se mandó a los investigadores a lavar los platos y existía el mandato de la profesionalización, pero sin recursos. Ahora van fondos al Conicet, todos los años se abre la carrera de Investigador e ingresan unos 20 de nuestras disciplinas. Muchos somos becarios e investigadores del Conicet, y a la vez formamos parte de grupos de investigación que la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica financia. Sin embargo, hay cuestiones pendientes, por ejemplo: no hay gremio de investigadores, sí de docentes."
María José Sarrabayrouse: -En este sentido, me parece maravilloso que el Conicet esté pagando mejor y se pueda investigar. Pero también veo que las exigencias son muy altas: cantidad de publicaciones, de congresos, hiperespecialización... Se corre el riesgo de diluir cualquier proyecto colectivo, como si el investigador tuviera que ir solito hacia adelante y prestando atención a quien se le cruza.
Gabriel Di Meglio: -Antes no se sabía que existía el Conicet. Hoy es una salida laboral. Pero creo que debería valorarse más la difusión del conocimiento, hay estándares de calidad muy altos, logros muy importantes después de la dictadura.
Federico Penelas: -La carrera de Filosofía tuvo tradicionalmente una ideología individual, el filósofo en soledad frente al texto. Esa cultura individualista se quebró en los últimos 15 años y diría que hoy todo el mundo trabaja grupalmente. La carrera sigue siendo individual, pero hay financiamiento para proyectos de investigación colectivos, y llega un momento en el que para el avance hay que formar recursos humanos; es decir, tener becarios. La propia formación te va llevando a compartir.
G. D. M. : -Sin embargo, el investigador típico para el modelo argentino tiene ciertos elementos que en nosotros no se dan. Por ejemplo, muchos trabajamos en nuestras casas por la falta de recursos. Y en este sentido somos una generación de investigadores aislados.
Patentes, salarios y futuro
-¿Están conformes con sus sueldos?
Marisa Baldassare: -Soy investigadora adjunta del Conicet y gano 6048 pesos (a diciembre de 2010). Y tengo un cargo docente simple en la Universidad de San Martín. Si tenés algún otro cargo, el Conicet lo descuenta.Pero llegamos a ese sueldo después de muchos años.
F. P.: -La situación cambió mucho, para bien, pero el riesgo es que nos conformemos. Tenemos que aspirar a más, y esto no solo implica aspectos salariales, sino también, por ejemplo, que los formularios que llenamos estén pensados no solamente para ciencias duras, naturales, o biológicas: nosotros no tenemos qué poner en los casilleros que preguntan por patentes registradas.
M. J. S.: -Para quien históricamente hizo investigación es un sueldo aceptable. Cuando contaba lo que estudiaba la pregunta típica era si me iba a poner un quiosquito (risas). Existe el prejuicio de que en otras carreras la salida laboral está garantizada, y tampoco es así. En nuestras disciplinas, eso sí, hay una cuestión mucho más ligada al gusto.
F. P.: -Por eso en épocas de crisis económica es cuando más crece la matrícula de Humanidades. Como no hay muchas expectativas económicas, las personas terminan eligiendo, al menos, lo que les gusta.
M. B.: -Te tienen que gustar: son carreras largas, tediosas, de muchas horas leyendo. Además, no está bien visto recibirse con 4. El promedio aquí importa.
-¿Cómo se ven dentro de 20 años?
Gustavo Daujotas: -Hay escalafones, se va avanzando, no me quejaría si hiciera lo mismo que hoy excepto por un detalle: haber formado gente. Es fundamental.
M. J. S.: -A mí, por un lado, me gustaría la formación de recursos humanos: becarios tesistas, y estar en la universidad pública, que implica un enorme orgullo e identidad. Además, me gustaría dar discusión política desde la academia.
M. B.: -Para mí, lo académico es inescindible de lo personal... En 20 años me veo con mis hijas grandes, más liberada.
G. D. M.: -Me interesa la docencia y la investigación, y los puentes entre la formación académica y la divulgación histórica.
F. P.: -Me gusta mucho dar clase de grado. Soy docente en dos materias, Lógica, del primer año, y Filosofía del Lenguaje, del final. Es una experiencia valiosa. En 20 años... me interesa haber contribuido a que la carrera de Filosofía tenga una voz pública. También quisiera contribuir a la consolidación de una comunidad filosófica. La mayor parte de nuestras publicaciones no incluyen citas de filósofos locales o de América latina. Hay una generación perdida, y de a poco se está constituyendo un campo filosófico. Es el paso que aún no dimos. Y es imprescindible para constituirnos como comunidad política. ?
Por Gabriela Navarra
revista@lanacion.com.ar

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