sábado, 25 de febrero de 2012

retrato de trece victimas fatales

Las historias de un drama sin consuelo

La pareja que murió en el mismo vagón y la abogada embarazada. La chica del call center. La enfermera que añoraba con regresar a Chile y el albañil que no pudo llegar a su nuevo trabajo.

Por Gisela Nicosia / Maria Vanesa Ali / Melisa Marturano / Josefina Hagelstrom
25/02/12 - 02:28
Las historias de un drama sin consueloEstudiante. Tati tenía 24 años, vivía en San Antonio de Padua y cursaba el primer año en el Instituto de Formación Docente Nº 29.

Tatiana Pontiroli
“Nos arrancaron un tesoro y el dolor seguirá por siempre”
Tati era como la llamaban sus amigos. Tenía 24 años, cursaba la carrera de Profesorado de Formación Docente y fue otra de las víctimas fatales. Tatiana Pontiroli vivía en la localidad bonaerense de San Antonio de Padua, junto a su mamá, Graciela, y su papá, José, que al enterarse del accidente se organizaron para buscar por los hospitales.
“La llamamos al celular y no contesta; tuvo que tomar ese maldito tren”, decía Graciela mientras esperaba información sobre su hija en la puerta del Hospital Ramos Mejía.
“Tatiana viajaba todos los días en la línea Sarmiento para ir a su trabajo. La llamo pero no contesta. Hablé con una compañera de trabajo y me dijeron que no había llamado”, decía José, ante las cámaras, el miércoles por la tarde, cuando no había rastro de su hija.
Por un par de horas, en medio de la confusión por la gran cantidad de personas no registradas, mantuvieron la esperanza de que Tatiana estuviera con vida. Pero al final del día fue reconocida entre los fallecidos.
“Era una chica tan responsable, estudiosa, excelente persona y ser humano”, completó José mientras sostenía la foto 4x4 de su hija, que llevaba en su billetera.
Un grupo de amigos de la familia se acercaron a la morgue para contener a Graciela, que se desvaneció al enterarse.
“Sos una gran amiga y te vamos a extrañar mucho, bombón”, dice uno de los tantos mensajes que aparecen en la cuenta de Twitter y Facebook de Tatiana, en los cuales la recuerdan y le desean que descanse en paz.
En paralelo, los directivos del Instituto Superior de Formación Docente Nº 29, donde cursaba el primer año, decidieron cerrar sus puertas en señal de duelo. “El dolor seguirá por siempre, no hay consuelo. Nos arrancaron un tesoro”, aseguró José.
Sabrina Espindola
La chica que soñaba con poner un spa
Cursaba el último año de la carrera de Instrumentación Quirúrgica en un instituto de San Antonio de Padua. Tenía 29 años. Se había casado hacía tres años y tenía un hijo. Quienes la conocieron la recuerdan como una persona “divertida, generosa y compañera”.
La versatilidad laboral de Sabrina Espíndola, otra de las víctimas del fatal accidente de Once, era notoria: trabajaba en un call center desde hacía siete años, esperaba recibirse para ejercer en su profesión y quería instalar un spa infantil junto a una amiga.
“Era de esas personas que estaban en todos los detalles. Llegaba siempre temprano al trabajo y era una excelente persona”, cuenta a PERFIL Bárbara Rodríguez, amiga y compañera del trabajo.
Sabrina vivía en San Antonio de Padua y todas las mañana tomaba el tren, bajaba en Once y desde allí combinaba con el subte para llegar a tiempo a su trabajo.
“No podemos creer lo que le pasó, era una persona muy cariñosa, atenta, una amiga de fierro”, agrega Bárbara, todavía consternada por la noticia. “Para mí era como una hermana.”
La joven de 29 años viajaba en el primer vagón, el más afectado por el fuerte impacto.
El fatídico miércoles, Ezequiel Mercado, su esposo, salió a buscarla. Sabía que ella podía estar en el tren que se había accidentado en la estación de Once. “Le dije: ‘Llamame cuando llegués, como siempre’”, recuerda Ezequiel. “Poco después –agrega– nos enteramos que estaba en la morgue”.
Desde ese día, Ezequiel no encuentra consuelo ni una respuesta frente a tanto dolor. Perdió a la mujer que amaba pero deberá seguir adelante para criar a su hijo, el recuerdo presente de Sabrina.
Ana Teresa Zelaya
Salió temprano para llegar puntual a su trabajo
El miércoles, Ana Teresa Zelaya retornaba a su trabajo. Era empleada doméstica en la casa de una familia en el barrio porteño de Belgrano.
Salió a las 6 de la mañana de su casa, luego de despedirse de sus hijas, que al recibir el llamado de los patrones consultando el motivo por el cual Ana no había llegado al trabajo, el drama se adueñó de sus vidas.
Sin saber lo que había ocurrido en la estación de Once, las hijas llamaron a algunos conocidos y así se enteraron del accidente. Ana Teresa fue una de las cinco personas de nacionalidad paraguaya que fallecieron en la tragedia.
“Como mamá, la recuerdo como una luchadora y muy afectuosa”, la describió una de sus hijas.
El hermano de Ana, Silvino, estaba muy triste pero se animó a decir que “era un ser único, muy pendiente de la crianza de sus hijas”. Preocupada por ser puntual y no fallarles a sus patrones, preferia el tren pero tenía miedo al viajar.
Sin embargo, sus familiares recuerdan que siempre se quejaba por las condiciones en las que viajaba. “Contaba que siempre había demora en el tren por alguna falla, pero no tenía otra manera de llegar al trabajo desde Moreno a Palermo”, dice Silvino.
“Lamentamos tanto su pérdida, estaba feliz con su vida, con sus hijas, su trabajo, y la perdió”, finalizó su hermano.
Miguel Angel Nuñez
El periodista velado a cajón cerrado y en pantalla gigante
Miguel Angel Núñez se levantó temprano el miércoles, como cada día, para dirigirse a la compañía de seguros en la que trabajaba en Microcentro. Tomó el tren y se ubicó en el primer vagón, pero nunca llegó a su lugar de trabajo, a pesar de que se destacaba por su puntualidad. Esa variación en la rutina de este joven peruano de 24 años ya presagiaba lo peor.
Su hermana melliza, Gabriela, se puso al frente de la búsqueda inmediatamente, acompañada por Mary, una integrante de la congregación evangélica bautista de la que la familia Núñez forma parte.
“Lo buscamos por todos lados y tardamos en encontrarlo porque, en un primer momento, no lo reconocimos en las fotos que nos mostraron en la morgue por el estado en el que estaba el cuerpo. Como seguimos sin encontrarlo, volvimos a Chacarita y, finalmente, pudimos identificarlo. Fue muy duro ese momento”, recordó a PERFIL la mujer, aún conmocionada por la suerte que corrió Miguel Angel.
Desde el viernes a la mañana, el cuerpo del joven fue velado a cajón cerrado en una ceremonia íntima que se realizó en la sede de la Iglesia Bautista de Ramos Mejía, ubicada sobre Espora 32.
Numerosos jóvenes y vecinos del barrio se acercaron al lugar para acompañar a Gabriela y a su mamá.
Mientras tanto, en una pantalla gigante ubicada en medio del salón, iban pasando distintas fotos de este “chico tranquilo, de muy bajo perfil”, como lo definieron quienes lo conocían.
Su familia pidió que sus restos no fueran repatriados a su país natal, pero pidieron ayuda al cónsul de Perú en Buenos Aires, Carlos Amézaga, para que su papá, Agustín, pudiera viajar a Argentina a despedir a su hijo.
Miguel se había recibido de periodista el año pasado. Como una paradoja cruel del destino, el miércoles fue él quien se convirtió en noticia.
Juan Frumento
“Era el que siempre te preguntaba cómo estás”
En las puertas de la morgue, José Frumento llora por la muerte de Juan, su hijo de 32 años. “La responsabilidad es de los que tienen a su cargo la dirigencia del país, que son los que tienen que tener el transporte en condiciones y no lo hacen”, gritaba mientras ocultaba su dolor detrás de unos lentes oscuros.
“¿Creen que con decir que vamos a poner a media asta la Bandera ya es suficiente? Vayan y controlen a TBA. No sólo somos un vaso de agua y un psicólogo: somos seres humanos con derechos”, sollozaba. “Vivimos en una democracia de M, M de muerte”, explicaba mientras levantaba un cartel improvisado, luego de confirmar el deceso de Juan.
Como otras cincuenta familias, los Frumento quedaron destrozados. Juan trabajaba de lunes a sábado en una oficina. Adoraba a su sobrino y era la alegría de la casa. “Era el que siempre te preguntaba cómo estás, porque le importaba que todos estemos bien”, contó José.
Juan era oriundo de Morón. Siempre estaba de buen humor, aunque tenía carácter fuerte, según recuerda con emoción su padre. En sus tiempos libres jugaba a la pelota con sus amigos, también se organizaba para salir a pasear con su perro.
“Era muy compañero, divertido. Lo que se define: un chico sano. Tenía muchas ganas de casarse, formar su familia. Siento que me robaron lo mejor de mi vida y también sus sueños”, agregó.
Con ayuda de un familiar y la asistencia por parte del personal de Ministerio de Salud Nacional, José se recompuso luego de manifestarse a los gritos, motivado por el dolor y la bronca.
Al mismo tiempo, otros familiares de otras víctimas se sumaron al pedido de justicia, quebrados por la pérdida.
Cristian Zavala
Los proyectos frustrados de un pibe de barrio
Cristian vivía con sus padres y su pequeña hermana de dos años, en una casa humilde del barrio de Floresta. Tenía 22 años. Hace unos pocos meses había conseguido trabajo como cadete en una compañía financiera de la calle Cerrito. Recorría distintas partes del Centro caminando para llevar papeles y realizar trámites.
Edith –su madre– siempre lo despedía y le pedía que “se cuidara”. Ahora siente que su súplica no sirvió de nada. Como todo joven, Cristian tenía muchos planes. Quería trabajar armando computadoras y para ello estudiaba en un instituto privado la carrera de Administración de Redes Informáticas. Luego del trabajo corría para llegar a horario. Tenía su grupo de amigos del barrio y, si bien no era de salir a bailar, trasnochaba jugando por Internet y escuchando música. “No sé qué haré sin mi niño, era muy pegado a su hermanita y a su papá”, se lamenta Edith, su mamá.
Roberto Lopez Pacheco
El albañil que estaba feliz con su nuevo empleo
Roberto López Pacheco tenía 43 años y era peruano. Hacía diez años que se había instalado en nuestro país. Vivía en en el partido de Moreno. Junto a su mujer, Carmen Valdez, tenían una hija de un año y medio, y muchos proyectos en común.
Era obrero y se ganaba la vida con los revestimientos y trabajos de albañilería que hacía casi todos los días. Incluso trabajaba los feriados porque eso le permitía llevar más seguridad económica a su familia.
El miércoles, según relató un familiar a medios peruanos que cubrieron el accidente en la estación, Roberto se dirigía a su primer día en un trabajo nuevo. Pero desgraciadamente nunca llegó.
Desde temprano, Carmen y Mónica, la hermana de Roberto, lo buscaron desesperadas en todos los hospitales donde había heridos. Roberto no figuraba en ninguna de las listas.
Por la tarde del miércoles, sin saber adónde más acudir, ambas mujeres se trasladaron a la morgue judicial, donde los familiares dejaban una descripción física que pudiera servir para luego reconocer los cuerpos que estaban allí. Aún no había fotos. Ayer por la tarde, Carmen recibió la peor noticia: entre los cuerpos no identificados estaba también Roberto. La angustiosa búsqueda había concluido con el final más desgraciado y menos esperado.
Tatiana Lezano
Llegó de Bolivia, era abogada y murió estando embarazada
Había llegado al país desde Bolivia hacía nueve años con un sueño: convalidar las materias de la carrera de Derecho para tener su propio estudio jurídico en Argentina. Al poco tiempo se casó y hasta hace tres días esperaba la llegada de su cuarta hija. Pero, su proyecto laboral y su deseo de ver crecer a sus pequeñas hijas quedaron truncos. Tatiana Lezano tenía 33 años y estaba embarazada de seis meses, y es una de las 51 personas que perdieron la vida en el accidente ferroviario de Once.
Tatiana hacía un año y tres meses que trabajaba como empleada administrativa en el consulado boliviano, lindero a la Estación de trenes de Once. El fatídico miércoles, la mujer había salido de su casa de Hurlingham rumbo al trabajo como todas las mañanas, pero nunca llegó a destino. “Todos los días hacía ese viaje. Ella iba feliz a trabajar. Era una mujer luchadora, solidaria y se preocupaba por la igualdad y por el prójimo”, cuenta a PERFIL el marido de la víctima, Edwin Ojeda.
Tatiana se había recibido de abogada en la ciudad boliviana de Sucre. Tras terminar la carrera, se radicó en la provincia de Buenos Aires y soñaba con tener su propio estudio. “Terminó la carrera, se vino al país y al poco tiempo nos casamos. Ella soñaba con tener su buffet de abogados, pero tenía que esperar que le convalidaran las materias para poder ejercer ”, relata conmovido el hombre, de 43 años, tras enterarse de la pérdida de su esposa.
Tatiana y Edwin se casaron al poco tiempo que la joven llegó al país. Y después de tres años, agrandaron la familia. Tuvieron tres hijas de 6, 3 y 2 años, respectivamente. Y esperaban ansiosos la llegada de Uma. “Estábamos chochos con la llegada de nuestra cuarta hija. No sé cómo le voy a decir a mis nenas lo que ocurrió con su madre y su hermanita”, concluye el hombre con la voz quebrada. Es que lo que más amaba en la vida desapareció en la estación Once.
Graciela Diaz
Cambió el turno en su trabajo y encontró la muerte en el tren
El día de la tragedia, Graciela Díaz había cambiado su turno laboral para cubrir el horario de un compañero. Salió temprano de su casa, ubicada a cuatro cuadras de la estación de Morón y subió al tren, como todos los días.
Pese a que había sido testigo del incendio de un vagón poco tiempo atrás, Graciela volvió a viajar en tren para llegar a su trabajo. Trabajaba preparando sándwiches para una confitería porteña, que está ubicada en las avenidas Pueyrredón y Corrientes. “Era una especialista en preparar bocaditos dulces. Tenía mano para la cocina y sabía agasajar muy bien”, cuenta Miriam Díaz, hermana de Graciela.
Según sus amigos, siempre tenía una sonrisa dibujada en su cara, estaba de buen humor y mantenía una mirada optimista frente a todo. A sus 49 años, Graciela ya tenía tres nietas –Zoe de 6 años, Priscilla de 4 y Martina de 2– y dos hijos. Su mayor placer era poder comprarles regalos a las tres niñas, para eso trabajaba con dedicación.
“Nos veíamos día por medio, tomábamos mate y charlábamos. La voy a extrañar mucho”, concluyó Miriam.
Ayer por la mañana, luego de ser velada durante toda la madrugada, sus restos fueron llevados al cementerio de Morón, para aguardar la autorización para cremarla, según su voluntad.
Matias Cerriccio y Natalia Benitez
“Ellos eran el uno para el otro, y se fueron juntos”
La historia de amor entre Matías Cerriccio y Natalia Benítez terminó tal cual transcurrían sus días desde que se conocieron: juntos. En el cementerio de Las Praderas, ubicado en la localidad de Gonzalez Catán, fueron despedidos sus restos. “Eran el uno para el otro, y se fueron juntos”, reflexionó Angel Cerriccio, padre de Matías.
Desde hace unos meses, la feliz pareja viajaba hacia Once. Matías trabajaba en una empresa de indumentaria deportiva y Natalia era empleada administrativa de la misma empresa. “Se conocieron por amigos en común y se engancharon. Se la pasaban riendo y eran muy compañeros”, cuenta Angel. Con el paso del tiempo se casaron, hace poco más de un año, estaban terminando de construir su casa en el barrio de San Justo, partido de La Matanza. “Cuando anunciaron su matrimonio, les ofrecí que construyan arriba de mi casa. Trabajaron duro para comprar los materiales y armar su hogar”, contó apenado, el padre de la víctima.
Hace una semana Matías y Natalia volvieron de sus vacaciones. Deseaban conocer juntos Brasil. “Trajeron muchas fotos y se los veía muy unidos. Contaron anécdotas, eran muy graciosos y cariñosos entre ellos”, agregó Angel. “Da bronca que la corrupción y la mala tarea de otros nos roben a nuestros hijos”, se sinceró.
Desde el jueves a la noche fueron velados en la misma sala de Casa Dauría, en San Justo. Los rostros de los amigos y familiares que se acercaron para despedirse de ellos hablaban por sí solos. “Eran muy queridos por el barrio, chicos muy buenos”, agregó un amigo de la familia.
Matías era el menor de tres hermanos y Natalia era la mayor de tres hermanas. No tenían mascotas ni hijos, pero siempre se hablaba en la familia que pronto sumarían un integrante. El destino, como consuelo, los mantiene unidos. Para siempre.
Jonathan Baez
“Siempre voy aplastado contra la ventana, puedo bajar fácil”
Cuando Jonathan Báez expresó su bronca en su muro de Facebook el 20 de enero pasado por cómo viajaba diariamente desde su natal Ciudadela hasta el call center de asistencia al viajero en el que trabajaba, probablemente, no imaginaba que encontraría la muerte en un tren de la misma línea que abordaba dos veces al día. Pero el destino así lo quiso: lo que había escrito nunca llegó a ser tan duro como la realidad que le tocó vivir.
“Siempre voy aplastado contra la ventana así puedo bajar fácil y no luchando”, relataba este joven de 26 años que, por estos días, conmueve a todo el barrio que lo vio nacer. “Pitu”, como todos lo llamaban, “era un pibe muy bueno, nos conocíamos desde chicos y siento que perdí a un hermano”, se quebró Darío, uno de sus amigos más cercanos, en diálogo con PERFIL.
Sus hermanas, Yanela y Romina, recorrieron todos los hospitales durante la tarde del miércoles en busca de noticias. A las pocas horas, su foto copó las redes sociales y la búsqueda se tornó cada vez más intensa hasta que, en las primeras horas del jueves, se confirmó lo peor: la gran cantidad de tatuajes que llenaban su cuerpo ayudaron a reconocerlo en el cementerio de la Chacarita.
Es que una de las pasiones de Jonathan era tatuar, trabajo al que también le dedicó varios años en un local de Ramos Mejía. Su otra gran pasión era ir a la cancha a ver a Boca, un ritual que seguía con mucha alegría.
Una multitud lo despidió a partir de las 20 del jueves pasado en una cochería ubicada en la avenida Rivadavia 10.661, en el barrio porteño de Liniers. El frente de su casa todavía conserva los grafittis que tanto disfrutaba hacer durante su tiempo libre.
La muerte de Jonathan llevó un profundo sentimiento de injusticia a todos sus seres queridos. Sus familiares y amigos conservarán un profundo dolor que, al igual que los tatuajes que solía hacer “Pitu”, no resultará fácil de borrar. Nadie lo podrá olvidar.
Gloria Pinilla
La enfermera que soñaba con volver a Chile con su amor
A las 11 de la mañana del miércoles, Marcos Briceño, hijo mayor de Gloria Cecilia Pinilla León, estaba en su trabajo cuando se enteró de la tragedia. Llamó a su madre –quien habitualmente viajaba en el Sarmiento a la hora del accidente–, pero su teléfono celular estaba apagado, se comunicó con su trabajo y no había llegado. Recorrió los hospitales cercanos a la estación de Once, pero no había rastro de ella. “La búsqueda terminó a las cuatro de la mañana, cuando me dieron el resultado final en la morgue de Chacarita”, cuenta Briceño. Gloria era chilena, tenía 53 años y para mantener a su familia se desempeñaba como auxiliar de enfermería y cuidaba a ancianos.
A fines de los 80, luego de la separación con su primer esposo, decidió emigrar desde Santiago y llegó a Buenos Aires junto a Marcos. Luego se volvió a casar y tuvo su segundo hijo. Pero a los pocos años se separó. Nuevamente apostó al amor y hace tres meses, Gloria se había mudado a la localidad de Moreno, junto con su nueva pareja Américo Benítez.
En su último viaje a su tierra natal, en diciembre de 2011, anunció que tenía la idea de comprar un terreno cerca de la localidad María Pinto, Chile, para vivir junto a Benítez en el país trasandino. Marcos, luego de confirmar la peor noticia, se mantuvo junto a su hermano menor, que sufrió un ataque de nervios. “Será difícil seguir adelante sin ella, era una mujer única”, dijo.
Alberto Garcia
Iba a ser padre pero no podrá conocer a su nueva hija
Alberto David García era ingeniero en Sistemas y docente de la Universidad Torcuato Di Tella. La víctima habitualmente viajaba en auto. Pero el día de la tragedia en Once decidió viajar en tren porque tenía que tomar exámenes en tres lugares diferentes y no quería llegar tarde. Su recorrido se vio interrumpido por la fatalidad.
“Le decía que siguiera yendo en coche pero él me insistía en que tardaba menos haciendo tren y subte y que, además, se ahorraba el dinero del estacionamiento”, dijo su mujer, Estela, horas después de la tragedia y sin saber que su marido había fallecido.
La mujer, embarazada de nueve meses, buscó incansablemente a García y pidió ayuda ante los medios. En ese momento, Estela señaló que tanto su padre como su suegro fueron a las morgues judicial y del Cementerio de la Chacarita, pero que no habían podido identificar a su marido.
La joven se descompensó y debió ser internada poco antes del mediodía del jueves en el hospital Ramos Mejía por “un cuadro grave de estrés”, había confirmado un familiar.
Tras un día entero de búsqueda, el cuerpo de García fue reconocido en la morgue Judicial. “Fue terrible. Lo buscamos por todos los hospitales, por todas las comisarías y nadie nos decía nada. Estuvimos hasta las cuatro de la mañana”, relata indignado Ignacio, quien cuenta que con su primo tenían muy buena relación y lo describe como una persona “buena y divertida”.
La víctima estaba a punto de ser padre de una nena con su segunda pareja. “Estaba muy contento con esa noticia. El ya tiene una hija de otro matrimonio, de 11 años” cuenta a PERFIL Ignacio, un primo de García.
Por su parte, la Universidad Di Tella informó durante un comunicado que no realizarán actividades educativas por duelo.

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